Donostiarrak 1813 biktimen izenak

1813an donostiar guztiak izan ziren biktima inozenteak,  “aliatuen” (espainolak, ingelesak eta portugesak) biktimak alegia, hemen azaltzen dira 1813ko dokumentuetan azaltzen diren donostiarren izen batzuk, zerrenda osatzen joateko. Oraindik donostiarren izen asko falta dira jakina, baina konturatzeko Donostian genozidioaren 200. urteurrenerako badagoela nor gogoratu eta omendu, militar “aliatu” bortxatzaileak, torturatzaileak, lapurrak, suemaileak eta erailtzaileak kaleetatik paseatu gabe.

1813ko dokumentuak:

0.- Donostiako Udalaren webgunea biktimen testigantzak 79.

0.- 79 lekukoen testigantzak.

1.- Manifestua sinadurak moztuta 1814-1-7.

2.- Manifestua sinadurekin 1814-1-16.

3.- Zubietako aktak 1813-9-8.

4.- Beste dokumentru batzuk.

Testigantzak 1813:

PABLO ANTONIO DE ARIZPE JUEZ de primera instancia (Tolosa)

Liz.do Eguiluz.
Antonio Arruebarrena Procurador Sindico
Vicente de Azpiazu Iturbe.

Manuel Joaquin de Furundarena

Juan Jose Vicente de Michelena.(Alcalde)
Pedro Gregorio de Iturbe.(Alcalde)
Jose Elias de Legarda (Secretario)

A.- Lekukoak:

1.- Jose Maria de Estibaus, 38 años oficial correos:
Bernardo Campos, muerto
Bernardo Campos, mujer herida
Manuel de Arambarri
Francisca de Bengoechea violada
Francisca de Bengoetxea criada, 45 años azotada
muchacha en casa del comerciante Ezeiza violada
tres jovenes Zaguan de la casa de cardon arrojadas a la Bodega
despues de violadas y en ella han sido consumidas por las llamas
Domingo de Goyicoechea 76 años Presbitero Beneficiado muerto de un balazo
Jose Miguel Magra hombre muy anciano fue tirado de un balcon,
Jose Larrañaga asesinado en sus brazos a un hijo suyo de tierna edad, 4 hijos
Felipe Plazaola, el maestro ensamblador muerto,
Martin Altuna muerto por que quiso estorvar el mal trato que estavan dando á una hija suia,
Niño que espiro sobre este mismo sugeto hijo de un Pescador
Altuna con su Madre
Jose Jeanom muerto,
Bernardo Campos muerto,
Vicente Oyanarte muerta,
Xaviera Artola muerta,
la criada de Lafont muerta,
la muger del Practicante de cirujia D. Manuel Biquendi
Pedro Cipitria muerto,
Juan Navarro muerto, viuda 4 hijos
Felipe Ventura de Moro muerto
Ignacio Galarza muerto 26-11-1813
Jose Domingo Zubicoeta médico titular
Ventura de Ezenarro
Viuda de Echeverria llamada de Soto
Bárbara Urbieta
Joaquin Soto
Casa Naypera número 6 plaza Nueva
Calle Juan de Bilbao
Juan Antonio de Arruebarrena
Martin de Echeverria, Vicario

2.- Pedro Ignacio de Olañeta, 50 años, tesorero
Mujer Pedro Ignacio de Olañeta
Dos señoritas conocidas violadas
D. Martin Altuna muerto,
Vicente Oyanarte muerto,
Pedro Cipitria muerto
Xaviera Artola muerta
Cárcel vieja

3.- Miguel Ignacio de Espilla, 35 años Presbitero,
casa de Armendariz
un Niño de doce años hijo de una Militara Española
dos hermanas
casa de Blanco en la calle de la trinidad
su tío Dn. Domingo de Goycoechea Presbitero Beneficiado Jubilado
Bernardo Campos muerto
José Miguel Magra que fué tirado de un balcon
Manuela Magra
José Larrañaga muerto con su hijo en los brazos,
Xaviera Artola muerta
Juan Navarro muerto
Pedro Cipitria muerto
Hermanos del testigo
Cabaña de Arruabarrena

4.- Antonio Maria de Goñi, 24 años, corredor de navíos
Su casa número 212 de la calle Trinidad
Su madre
Su tío
Una criada
4 vecinas que se refugiaron
José Carrasco alférez de cazadores número 8
Casa de la viuda Dontón
Café de la Águila
Angel Llanos
General Esprey
Calle Escotilla
Hija de Zaloña
Calle Embeltrán.
Tres ancianas hechas unas estatuas aleladas y despavoridas
La ama del cura Hériz muerta
La criada del cura Hériz muerta
Felipe Plazaola muerto
Jeanora el fondista muerto
El criado de la citada casa número 209 muerto
La suegra del escribano Echaniz muerta
La madre de don Martin Abarizqueta muerta
Vicente Oyanarte muerto
Jose Miguel Magra muerto
Vicenta que vendía aguardiente muerta
El andaluz: Juan Navarra muerto
Calle Escotilla
Calle de los Angeles
Camino viejo de S. Bartolomé

5.- Rafael Miguel de Bengoechea 26 años, vecino y del comercio
Calle Iñigo
quando se oyó tocar el clarin pensando que seria la señal para que saliesen los habitantes á las calles
Casa de Armendariz
Barandiaran comerciante
Queheille comerciante
Alexandro Montel
los hijos de dicho Montel que gritaban «Ay que van á matar á mi padre
su Padre Alcalde de primer voto de la ciudad
Carmen Echenagusia muerta
Suegra de Echaniz muerta
Bernardo Campos muerto
Felipe Plazaola muerto
Jose Larrañaga muerto
Suizo Jeanora muerto
Claudio Droville herido
Don Joaquin Elduayen herido,
Ignacio Gorostidi herido
Carmen Ignacia Lasarte
Maria Josefa Ubiscun,
José Mateo Abalia

6.- Jose Manuel de Baracearte, 70 años:
Calle Puyuelo
Mujer herida en un pié
Otras dos familias
Todas las mujeres violadas
de tomar entre dos á un
hijo suio de edad de tres años y quererlo partir en dos piezas,
Bengoetxea alcalde
Beneficiado Goycoechea, muerto
dos chocolateros cuyos nombres no recuerda muertos,
Xaviera Artola, muerta
Jeanora, muerto
Vicente Oyanarte, muerto
Juan Navarro, muerto
Martin Altuna, muerto
Pedro Cipitria, muerto
José Miguel de Magra que fué tirado de un Balcon
la suegra de Echaniz, muerta
una muchacha que fué pasada con dos balas por los pechos
José Maria de Leizaur
Bautista de Lecuona inquilina ha muerto del susto.
El Magistrado
la Guarnicion Española
el General Español
losAlcaldes
se tiraban sobre las mujeres en las calles públicas sin distincion
de edad:
mujeres en los tejados
mujeres en los pozos negros
Antonio Tauer, su casa

7.- Manuel Angel de Irarramendi, 50 años

casa número 299 del Conde de Peñaflorida
Calle Embeltrán
Bernarda de Goicoechea muger del testigo llorando porque le creía muerto
Miguel Joaquin de Lardizabal, casa
San Gerónimo: que alli hicieron de
seis a siete prisioneros franceses heridos que no podian correr:
General Rey y la tropa Francesa
Plaza vieja
Conde de Peñaflorida, casa
Xavier Maria Argaiz de donde extrageron muchas piezas de plata labrada
la criada Francisca Zubelzu y le arrancaron diez y siete duros
Xaviera de Munibe
José Larrañaga de oficio chocolatero hombre bien acomodado, muerto
la casa núm.o 297
Larrañaga le sacaron seis onzas en oro y el relox le mataron porque
no daba mas
Casilda de Eleizalde muger de sesenta y seis años quien compadecida pudo facilitarle una escalera
otra criada suia de mas de sesenta años
varias mozas huyendo de las suyas:
una moza amarrada a una Barrica de dicha Esquina S. jerónimo que estaba en cueros y toda ella ensangrentada con una Bayoneta que tenia atravesada y metida por la misma oficina de la generacion
dos Señores Alcaldes
Regidor Armendariz
Alcaide Bengoechea
Juana Arzuaga moza soltera de diez y siete años que fué herida en el brazo derecho por una bala de fusil que le disparó un Inglés porque se escapó de casa quando vio le querian matar á su Padre
Domingo de Goycoechea Beneficiado jubilado fino Español, muerto
Xaviera de Artola, muerta
la criada de Lafont, muerta
José de Larrañaga, muerto
el criado de la Posada de San Juan, muerto
la suegra de Echaniz, murta
José Jeanora, muerto
Juan Navarro, herido
Claudio Droville, herido
Petriarza, herido
criado de la Posada de San Juan, herido
Juana Arsuaga, herida
Calle S. Lorenzo
Calle Atocha Narrica
José Ignacio de Vidaurre carpintero
Pedro Queheille, casa

8.- José Ramon de Echanique Presbitero, 36 años

Su Señor Padre septagenario
quatro o cinco mugeres que se habian refugiado al amparo de ellos violadas
Domingo de Goycoechea Presbitero Beneficiado, muerto
Dies hombres muertos
Michelena alcalde su casa

9.- Miguel de Arregui, 55 años
Calle S. Lorenzo
Calle Esterlines
forzar á varias muchachas que se refugiaron á casa del testigo
ni cuidó de su muger é hijo que salieron sin duda despues
Domingo de Goycoechea, muerto
Xaviera Artola, muerta
dos chocolateros, muertos
el Maestro Martin Altuna, muerto
la Madre de don Martin Abarizqueta, muerta
Bernardo Campos, muerto
Vicente Oyanarte, muerto
el Alcaide Carcelero, muerto
Estevan Alvirena primo del testigo, muerto
José Miguel Magra, muerto
el Fondista Jeanora, muerto
criada refugiada en casa del comerciante Ezeiza, muerta
era rara la muger asi joven como vieja que no estubiese desfigurada de golpes
Calle S. Juan
José Ignacio de Bidaurre
Viuda de Soto ó Echeverria
3 septiembre unos Ingleses dar fuego á la casa consistorial aplicandole desde la Alhondiga sobre la qual se hallaba el Archivo: que quando se incendió este edificio les vió salir á la Plaza y hacer demostraciones de alegria por lo que veian.
La Alhondiga
la casa Aduana
calle de Escotilla del Puyuelo
la Carcel
Calle Mayor

10.- Martin José de Echave, 31 años

Antonio Alberdi
calle de Escotilla
Plaza vieja
Calle Esterlines
calle S. Jerónimo
Alberdi
sargento inglés
abandonando á todas las mugeres de su familia que se dispersaron
toda aquella tarde y noche parte en el texado reciviendo aguaceros
oyó varias veces voces de mugeres que decian «máteme vmd».
Domingo de Goycoechea, muerto
Jose Miguel de Magra, muerto
Xaviera Artola, muerta
Vicente Oyanarte, muerto
Martin Altuna, muerto
Pedro Cipitria, herido y muerto después
Juan Navarro herido
las mugeres casi todas fueron maltratadas
Calle S. Juan
Calle S. Lorenzo
Calle Atocha
Antonio Zubeldia
La Zurriola
Viuda de Soto
la grande casa de la Aduana
con la misma libertad que robaron el dia que entraron
lo hacian en los siete dias siguientes.

11.- Juan Antonio de Zubeldia, 24 años
Su madre herida
Su hermana herida en la cabeza de un bayonetazo
á los vecinos dieron tan mal trato trataban á los Franceses como hermanos
Domingo de Goycoechea, muerto
Bernardo Campos, muerto
Vicente Oyanarte, muerto
José Larrañaga (chocolatero)que fué muerto teniendo á su hijo en los brazos
Otro chocolatero
Juan Navarro herido y muerto
Pedro Cipitria herido y muerto
José Antonio Alberro, herido
Juana Arzuaga herida
casi todas las mugeres han sido golpeadas
Viuda de Soto
casa de Belderrain,
casa Queheille
Calle la Escotilla
Plaza Nueva
casa de la Naypera
calle del carbon ó Juan de Bilbao

12.- Pedro Jose de Belderrain, 59 años
Su mujer
Su hija
Estuvo tendido en el suelo un quarto de hora pisado por varíos soldados que pasaban por la calle y le dejaban por muerto.
en su casa donde habia muchas mugeres refugiadas violaron a las más
á una anciana de setenta y seis años que la gozaron mas de doce
una muchacha de once años hija de un Vecino suio violada
una muchacha con su Madre ambas vecinas del testigo llenas de inmundicia violadas
la muger é hija del testigo se libertaron subiendo al texado
cárcel vieja
ayes lastimosos de mugeres que eran violadas
tiros que se disparaban en las mismas Casas
mal trato que le dieron á los vecinos y de los abrazos y señales de amistad con que recivieron á los Franceses cogidos con las armas en las manos tratandoles de camaradas dandoles de beber de sus cornetas
muchas personas heridas se abrasaron en las casas
Domingo de Goycoechea, muero
José Miguel de Magra, muerto
Xaviera de Artola, muerta
criada de Xabiera Artola, muerta,
José Larrañaga, muerto
Otra persona muerta
fué rara la muger que no fuese maltratada
Pedro José Beldarrain herido
Juan Navarro herido y muerto
Pedro Cipitria herido y muerto
el criado de la Posada de San Juan que herido, brazo amputado
La brecha
calle de S. Juan
Barrio de la brecha
el Ayuntamiento
Viuda de Soto ó Echeverria
calle Mayor
el fuego de tal actividad que no duró dicha casa dos horas en quemarse
pasaron a dar fuego a otras entre ellas á dos del testigo
casa Queheille,
casa de Collado,
la antigua Casa de Peru perteneciente á los Señores de Otazu,
Otazu
calle de Embeltran
la hermana de Iglesias
José Maria de Leizaur
calle Puyuelo
Pedro Lassa
orden de quemar todos los caseríos de la zona

13.- Juan Angel de Errazquin, 45 años
natural de Azpeitia
entraron en las casas acompañados de Franceses, acometiendo a las personas con armas desembaynadas, y queriendolas matar sino daban todo
el dinero que pedian
se metió en comun y estuvo atravesado en el caño mucho tiempo
tubo que subir al texado sintió las quejas y los ayes de las mugeres que eran violadas
los lamentos y griteria de las mugeres que eran violadas
la Misericordia
sacó su familia al principio del sitio á cinco leguas de distancia
Domingo Goycoechea, muerto
Xaviera Artola, muerta
el Fondista Suizo, muerto
dos chocolateros, muertos
uno que encendia los Faroles de la ciudad, muerto
el Alcaide carcelero muerto
Viuda de Echeverria en la esquina de la calle Mayor
casa del número 536 en la calle del Puyuelo
al tercer dia al mediodia viendo que reinaba el mismo desorden que en el dia del asalto en quanto á los robos y amenazas de quitar la Vida
estos robos se executaban por los aliados al tercer dia despues del
asalto, y que segun aseguran los habitantes han tenido esta conducta
desde el primer dia hasta la rendicion del Castillo.

14.- Antonio Fernando Antonio de Irigoyen, 56 años
tiraron más de dos mil balas,
las atrocidades que cometieron los aliados en ella y dias siguientes hasta el quatro de Septiembre en que salió el testigo
varias veces estuvo expuesto á perder la vida con el fusil puesto al pecho con el gatillo levantado
por salvar la vida se refugió á la sacristia de la Parroquia de
San Vicente
su cuñada toda estropeada y maltratada de modo que ha muerto
su cuñada han muerto y van muriendo muchos habitantes de San Sebastián en los caserios y Pueblos inmediatos.
al señor Vicario
los preciosos pasos de Semana Santa, obra del célebre escultor
Felipe de Arizmendi que llamava la atencion de todos los amantes
de las bellas Artes
muertos conocidos suios muertos la tarde de la entrada y en su noche seran como unas catorce
Domingo de Goycoechea, muerto
calle Puyuelo
calle Mayor
dieron tambien fuego al campanario de San Vicente del que se quemó parte
el dia siguiente al asalto hasta el quatro en que permaneció el testigo se experimentaban los mismos robos y violencias
se dexó entrar á saquear y saquearon los muleteros empleados en las Brigadas
15.- Gabriel de Serres, 25 años
cometieron las mayores atrocidades como son matar y herir a muchos habitantes
violar á la mayor parte de las mugeres
los maltrataban de tal modo que á muchos les quitaron las vidas
á los Soldados Franceses que cogieron prisioneros en la brecha y en las calles, los trataron con la mayor humanidad pues los abrazaban y daban de beber,
Domingo de Goycoechea, muerto
Xaviera, muerta que vivian junto á la Plaza nueva,
Jeanora, muerto que vivia en la calle de la Trinidad,
dos chocolateros muertos
Pedro Cipitria sastre, herido y muerto
el Andaluz herido y muerto que vivia frente la carcel vieja
el Espadero que vivia en la calle Mayor herido.
Viuda de Echeverria
el relogero Garcia
Casa de D. José Maria de Soroa y Soroa
el Pozo de la Plaza Vieja
el Quartel de San Roque pegantes á la muralla

16.- Domingo de Echave, 55 años
casa de la señora Viuda de Cardon
calle Narrica
vio muchas veces expuesta su vida con el fusil al pecho recivio golpes
delante de un monton de mugeres fue despojado hasta de la camisa dexandole en cueros:
las mugeres fueron violadas sin respetar la ancianidad y la Niñez
dos ancianas conocidas suyas que pasan de sesenta años violadas
una criada suia de edad de diez y seis años violada
amenazado al deponente que lo quiso estorvar, quitarle la vida con
una lanza ó alabarda que le puso al pecho:
a las ocho de la mañana de primero de Septiembre vió que mataron á un Paysano en la calle de Escotilla
pasó la noche en el texado á una con una muchacha que escapó como pudo de las garras de los aliados
sin camisa recivió los aguaceros que cayeron
los alaridos y ayes lastimosos de las mugeres que eran violadas heridas y maltratadas
salió envuelto en una saya vieja de su muger coxo estropeado y despues de haber perdido en metalico plata y alhajas unos ochenta mil reales
Domingo de Goycoechea cuyo cadaver vio en su casa en medio de otros dos
muertos y las personas heridas son innumerables
calle del Puyuelo
casa de Manuel Joaquin de Alcain
un Soldado Ingles monstrándole con el dedo dicho fuego le dljo las palabras siguientes «Ves aquella casa quemar; pues todos asi mañana
casa de D. José Cardon
teniendo entre tres Soldados en un Zaguan de la calle de Iñigo á una muchacha violandola se quejó una vieja á un oficial Ingles y le pidio auxilio para libertar á la muchacha de aquella violencia pero el oficial lexos de auxiliarla la despidio diciendo que los dejase que no matarian á la moza y que callase

17.- Jose Vicente de Soto, 18 años
casa Viuda de Soto y Echeverria
hicieron prisioneros á tres Franceses dos del Regimiento N.o 62 y uno de Zapadores á quienes dieron de beber ron y les recibieron con los brazos abiertos:
acometiendole con puñales y poniendole al pecho fusiles con el gatillo levantado
le arrancaron ya veinte mil reales y la ropa que tenia puesta
la casa de la ciudad
pasó toda la noche y oió los gritos y mentos de las mugeres que eran violadas y maltratadas
el respeble anciano D. Miguel Miner en cueros sin mas que los calzones
Domingo de Goycoechea, muerto
Xaviera Artola, muerta
José Larrañaga, muerto
Vicente Oyanarte, muerto
Bernardo Campos, muerto
Felipe Plazaola, muerto (chocolatero) que lo enterró su propia muger,
Jeanora el Fondista muerto
Joaquin Santos de Elduayen hombre muy anciano herido
el Alcalde Bengoechea y le aseguró que estaba ya abrasada su casa y ardiendo las inmediatas
dias despues del asalto se cometieron robos y violencias en la ciudad y sus inmediaciones
quando salió que en la Puerta los centinelas robaron á unas mugeres los Pañuelos con que cubrian los pechos y el dinero que llevavan
ningun soldado hubiese sido castigado por los excesos cometidos en San Sebastian

18.- Juan Jose Garnier Remon, 52 años.

habiéndole quitado tres dientes de un culatazo de fusil
quando vio arder su casa, salió de la Ciudad
el primero de Septiempre por la mañana,
coronel ynglés del Regimiento número 38
deduce que las incendiaron los aliados
a los tres o quatro días del asalto robavan los aliados a
todos los paysanos, hombres y mugeres, que salían de la Ciudad,

19.- Juan Bautista Azpilicueta, 38 años.

a una infeliz muger, que salió a la suia y victoreó a los yngleses,
inmediatamente le dispararon fusilazos desde el cementerio y no sabe si murió
dieron principio a la violación de todas (siete mujeres), como lo executaron, incluso una muchacha de once años y una muger de
sesenta y dos,
que toda la tarde y noche estubo sintiendo en todas
las vecindades gritos de mugeres y niñas que clamaban pidiendo socorro y que (42)
los aliados disparaban muchos tiros de fusil dentro de las casas,
don Manuel Renart y que le decía quería alojarse en su casa el Mayor del
Regimiento número 9,
hizo salir de casa y que siguiesen la suerte a
su madre, de ochenta y cinco años, a su hermana y criada
que le empezaron a maltratar y golpear fuertemente
recibiendo en la calle infinitos puñetazos y culatazos de fusil que le
daban los soldados
en las casas d Palacio del Marqués de Mortara y no sabe de qué modo las incendiaron,
dos Generales yngleses que estaban en el cementerio de Santa María, iban a dicha Yglesia a depositar los fardos de lo robado y que

20.- José Francisco de Echanique, 70 años.

mandó su hijo abrir la puerta
quatro mugeres que se habían refugiado allí, despojándolas primero de los pendientes y luego queriéndolas violar
le quisieron matar y le pusieron de rodillas con ese fin por salvar la vida, tubieron que subir al texado, donde pasaron la noche, que fue de las más horrorosas, pues no se oían sino lamentos, gritos y tiros dentro de las casas por haber quedado sepultados en las casas arruinadas muchos;
don Domingo de Goycoechea, muerto
doña Xaviera Artola muerta
don José Miguel Magra muerto
la casa contigua a la del señor Michelena, y pegaron fuego a 1 sala de la tercera habitación, que en seguida baylaron a la luz de la llama
arrancaron a varias mugeres los pocos efectos que pudieron salvar.

21.- Jose Ignacio Aguirresarobe,

cuidando de la casa de dan José de Bermingham, sita en el extremo de la Ciudad,
arrancaron al testigo seis pesetas que tenía y unos calzones nuevos de paño, quisieron matar al deponente, a su compañero, muger y criada, y tubieron que esconderse en un sotarráneo por salvar la vida y libertarse las mugeres de ser forzadas, como lo intentaron y aun el día dos, en cuyo día, a las nueve de la mañana, salió con su muger de la Ciudad al caserío de Ayete
sintió la primera noche los clamores y gritos de las mugeres de las vecindades que eran violadas.
Presbítero don Domingo de Goycoechea, muerto
Felipe Plazaola muerto
José Larrañaga muerto
José Landa, herido
José Antonio Alberro herido
Un herrero, herido de bala.
cinco yngleses dieron fuego, a la casa de enfrente, perteneciente a don Pío de Elizalde,
también vio dar a los yngleses fuego el diez de Septiembre, después que entró en la Ciudad
Magistrado, el convento de Santa Teresa, contiguo a la casa de que cuydaba el deponente, y por orden del señor Alcalde don Miguel Antonio de Bengoechea trabajó el testigo con otros quatro compañeros en apagar dicho incendio.
a los doce o catorce días de Septiembre, habiendo querido
sacar de entre los escombros de la casa de Elizalde algunas caxas de azúcar, se echaron sobre ellas y las robaron;
antes bien oyó a un oficial joven ynglés en la cocina de la casa de don José Bermingham que tenían orden del General Castaños de abrasar toda la Ciudad.

22.- Jose Antonio Zornoza, 60 años.

el deponente, con sus tres hijas, muger y otros ocho hombres, tubieron que esconderse en la fragua,a cuya puerta dispararon muchos tiros
al deponente le dispararon dos o tres veces;
que a su muger la hirieron de un culatazo, en la cara y la derribaron en el suelo; que al mismo deponente le quitaron toda la ropa que tenía puesta, dexándole en cueros con sólo los calzones; que le costó mucha dificultad el impedir que fuesen violadas todas las mugeres, de su casa, como, lo intentaron varias veces unos yngleses,
Presbítero don Domingo de Goycoechea muerto
otras dos mugeres en su misma casa, muertas
Vicente Oyanarte, muerto
el criado de la Posada de San Juan, muerto;
los aliados fueron los que
incendiaron y no los franceses
los aliados tenían ya proyectado el quemar toda la Ciudad menos dicha hilera de casas.
guando volvió a los once días a casa, vio a los aliados en ella,
apoderados de una partida de maíz y trigo, y que los vendieron como cosa propia.

23.- Jose Antonio Aguirrebarrena, carpintero, 41 años.

se hallava en casa de don José Ygnacio de Sagasti, quando entraron los aliados en su calle, que es junto a la Parroquia de San Vicente,
Pedro Cipitria, quien cuydaba de la casa de Sagasti, se retiraba del
balcón gravemente herido de un balazo que le entró por debaxo de la tetilla izquierda, digo derecha, y le llegava al hombro del mismo lado, a cuya resultas ha muerto;
que su muger había sido herida, vio que la herida era su cuñada en la
muñeca izquierda de un balazo que los aliados le dispararon a la ventana
en casa de Sagasti algunos soldados, peores que los primeros, pues
que rompieron algunos efectos y forzaron a la criada, según le aseguró la misma;
le empezaron a maltratar y darle de culatazos porque descubriese dinero y, no pudiéndolo hacer el testigo, le llevaron consigo a la calle, intimándole repetidas veces le matarían si no les enseñaba casas
de comerciantes ricos, almacenes y platerías para robar
gastadores estaban rompiendo la puerta de la casa de don Ramón de
Goycoechea,
Que volvió a casa de Sagasti y dixo al herido Cipitria que no se atrevía a permanecer en ella y pasó a la suya, donde permaneció hasta la salida, que lo verificó el tres a la mañana, habiendo experimentado más quietud en su casa al favor de unos prisioneros yngleses, cogidos el veinte y cinco de Julio, a quienes, por haberlos socorrido hallándose alojados en la próxima Parroquia de San Vicente, conocía;
ha hecho conversación acerca de la conducta de los aliados que fue muy
atroz y que maltrataron a todos y violaron a mugeres.

Presbítero don Domingo de Goycoechea, muerto
Martín de Altuna, muerto
Felipe Plazaola, muerto
doña Xaviera Artola, muerta
José Jeanora, muerta
Bernardo Campos, muerto
la mujer del Platicante de cirujía don Manuel Biquendi, muerto
Vicente de Oyanarte muerto
los heridos su cuñada,
Pedro Cipitria, que ha muerto,
Juan Navarro, que también ha muerto,
José Antonio Alberro herido y otros muchos.
el fuego azia la calle de Falcorena,
a la tarde después que entraron los aliados lo vio en la casa de la Naypera, en la Plaza nueva, la que ardió sin que hubiese fuego en ninguna de la Plaza, y lo mismo sucedió con la Casa Consistorial, Edificio aislado, al que no pudo comunicarse fuego, si no es dándole de
intento;
y, por último, que oyó a los portugueses decir repetidas veces y a muchos que tenían orden del General Castaños para abrasar a la Ciudad y matar a todos los habitantes y esparcieron esta misma voz antes de entrar en esta Plaza, según le han dicho en las inmediaciones.
dixo que a las quatro y media de la mañaña del día tres de
Septiembre observó que la casa cercana a la suya, propia de don Joaquín Yun, había prendido fuego por las cortinas del balcón y  tomando una acha, fue con ánimo de cortar dicho fuego y, al tiempo de querer entrar por la puerta de la calle, un centinela portugués le estorvó el subir a dicha casa, diciéndole tenía orden de no dexar subir a nadie a apagar el fuego, por lo que comprendió que tenían resuelto el quemar toda la Ciudad y se desalentó tanto que resolvió salir fuera de ella, como lo
executó.

24.- Domingo Aguirre, carpintero, 43 años.

vivía en una casa contigua a la de Sagasti
le maltrataron porque descubriese dinero y uno de ellos le disparó un tiro a boca de jarro, aunque no le acertó, y, habiendo vuelto a cargar
otra vez para tirarle, lo suspendió por los lloros y súplicas de un hijo suyo de nueve años y de una niña de seis, que estaban presenciando estos actos
le intimó tenían resuelto quitarle la vida si no descubría dinero y, por fin, en pago de la buena voluntad con que les sirvieron, forzaron violentamente a las tres mugeres de casa, ya entradas en edad, pues la más joven pasaba de treinta y seis años.
el día dos, no pudiendo aguantar más, salió con su familia fuera
de la Ciudad.
él no puede asegurar quántas son las personas muertas, tiene entendido que llegarán a quatrocientas las que faltan, y no
se puede averiguar por haber quedado sepultadas en las casas quemadas;

Presbítero don Domingo de Goycoechea, muerto
doña Xaviera Artola y su criada muertas
y un herrador muerto;
Pedro Cipitria muerto
Juan Navarro, que han muerto a resulta de sus heridas, y
un panadero de la calle de carbón herido.
lo notó en la casa de la Naypera, en la Plaza nueva,
por la calle de Juan de Bilbao, cuya casa ardió sin que en las inmediaciones hubiese fuego;
su compañero José Antonio Aguirrebarrena, quien le propuso permanecer en la Ciudad por cortar el fuego de su Barrio; que el deponente lo conceptuó imposible, porque conoció que los aliados daban fuego de intento por varias partes.
ayó a José Antonio Aguirrebarrena que, habiendo intentado apagar el fuego en casa de don Joaquín Yun, se le estorvó un portugués,
diciendo que no había orden de dexar apagar el fuego.

25.- José Domingo Chipito,

se hallava en un almacén de la calle de carbón o Juan
de Bilbao quando entraron los aliados,

que hirieron atravesándole la muñeca de la mano derecha de un balazo a José Antonio Alberro y el muslo a Manuel Yturbide;
un portugués, a luego que probó la bebida que era sidra, le tiró un bayonetazo, y, habiendo huido de este golpe, le dio un culatazo en la oreja izquierda de modo que le dexó bañado en sangre, y, viendo que otra vez le iba a dar otro bayonetazo, huyó y se escondió en la leñera;
que dispararon uno al herido José Antonio, que estaba en cama y tubo que huir sin embargo de su herida a otra casa a una con su criada, que estaba escondida debaxo de la cama; que, hallándose el testigo en la segunda habitación, llegó un soldado ynglés y le pidió media onza, le maltrató y le quiso matar, haciéndole poner de rodillas, y, al tiempo de dispararle, le agarró del fusil y forcejeando rodaron ambos por la escalera hasta abaxo, donde (49) le libertó un portugués;
que, a la noche, hallándose reunidas treinta y dos personas, entre ellas solos ocho hombres, llegaron dos soldados, uno ynglés y otro portugués, y empezaron a forzar las mugeres delante de sus propios maridos, a quienes ahuyentaron a culatazos y apuntándoles el fusil de modo que el deponente, atemorizado, huyó con otro compañero, una muger y la criada con una criatura al desbán, desde donde sintió los gritos y lamentos de las mugeres que quedaron abaxo y fueron violadas, según supo después, por dichos dos soldados y por otros muchos que acudieron, entre
ellos un sargento portugués, que le aseguraron fue el peor, quienes forzaron a las veinte y dos mugeres, inclusas una niña de once años y una anciana de más de sesenta, y el testigo, no hallándose seguro en el desbán, subió al texado con los citados compañeros, muger y criada, donde pasó toda la noche, reciviendo aguaceros y a la mañana anduvo también de texado en texado, porque seguía el mismo desorden, y salió de la ciudad a las tres de la tarde del día primero sólo, ignorando el paradero de su familia.
Domingo de Goycoechea, muerto
doña Xaviera Artola  muerta
Bernardo Campos muerto
Pedro Cipitria muerto
y una muger, cuyo nombre y apellido ignora, que fue herida en la nariz y una oreja de un sablazo y balazo.
la calle de Falcorena
tarde de primero de Septiembre vio arder la casa contigua a la de la naypera, que hace frente a la Plaza nueva por la calle de Juan de Bilbao, después que un ynglés entró en ella con un mixto en la mano, infiere que los aliados dieron fuego a la Ciudad.
entre dos y tres de la tarde del día, primero de Septiembre, que un ynglés, llevando en la mano una como tizón o cartucho largo de color blanquisco, entró en la casa contigua a la de la naypera,
propia de don Juan de (49v) Larrea, sita en la calle de Juan de Bilbao con frente a la Plaza nueva, quien apenas estubo dentro de la casa tres minutas y, al mismo tiempo que él salía de la puerta, salió también una grande llamarada, de la ventana de la primera habitación de dicha casa y ardió toda ella con tanta prontitud que todos los de la calle que lo vieron quedaron convencidos de que dicho soldado ynglés con algún mixto de mucha actividad pegó fuego a dicha casa,
a casa de Cayetano,
cerca de la casa de la Misericordia robaron a un chico unos yngleses varios efectos pertenecientes a algún sacerdote y que el chico estava llorando

26.- Martín de San Martín, 48 años.

se hallaba en su casa en esta calle de la
Trinidad
llegaron otros a pedir también dinero, amenazándole de muerte,
poniéndole los fusiles al pecho hasta tanto que uno le disparó teniendo a un niño en los brazos, en cuya vista huyó al texado, donde permaneció hasta que el hijo del testigo traxo un oficial portugués y un capitán ynglés gravemente herido, a quien dio, cama, los quales echaron de la casa a los soldados, y, habiendo puesto una, guardia a la puerta, no, hubo ya desorden alguno en su casa, pero notó que lo había muy grande en las vecindades, pues desde su casa oía los lamentos y ayes
de las mugeres y de muchas personas que andaban corriendo por los texados, y ha, oído que se cometieron muchas violencias y atrocidades, pero, como lleva expuesto, en casa del testigo, desde una hora después que entraron, hubo quietud, tanto que se refugiaron muchas familias a la noche y al día, siguiente a dicha su casa, que era respetada por la guardia que había y por los muchos oficiales que se alojaron en ella por ser casa de mucha capacidad y ser uno de los puntos abanzados, situada al pie del castillo y que ha quedado sin quemarse.
Presbítero don Domingo de Goycoechea muerto
Vicente Oyanarte, muerto
abiendo la muger de Vicente envuelto su cadáver en una sábana, entraron unos soldados, le hicieron desenvolver la sábana y le registraron si tenía dinero.
la criada de la Señora Viuda de Mendizabal, su vecina, quien después de violada, fue herida en un muslo y la tubo el declarante en su casa en ocho días (50v) y al cabo ha muerto a resultas de la
herida;
que entre ocho mugeres que recogió el deponente casi moribundas a su
casa, por no haber tomado alimento en tres días había una herida de un balazo.
la noche del quatro de Septiembre vio a los aliados dar
fuego a las vecinas casas de Yzquierdo, Betbeder y Mendizabal y otras que siguen a aquella cera; que notó que las de Betbeder e Yzquierdo fueron incendiadas por la primera habitación y los altos sin que hubiese fuego en las habitaciones intermedias, y que éstas dos casas fueron abrasadas con una prontitud admirable, de que infiere se valdrían de algunos mixtos, que por ser de noche no pudo conocer de qué calidad eran ni tampoco si eran solos portugueses o yngleses los que se
empleaban en esta faena o si eran de las dos naciones.

27.- Miguel Borne, 38 años.

el deponente salió el veinte nueve de Julio de la Plaza
con toda, su familia,
el deponete tenía a su madre dentro de la Ciudad y también
tías y tío, vino la vista de la Ciudad el día del asalto y vio que, a la hora después que entraron en la Plaza los aliados, empezaron a salir por la brecha un montón de ellos, cargados de varios fardos de ropa,
casa de Tastet, sin retirarse aún al castillo y disparando con el violento azia la calle del Quartel que el saqueo duró aquella tarde y los días sucesivos, entrando a robar hasta los Brigaderos
personas bien acomodadas que salían descalzas y medio desnudas y
especialmente mugeres golpeadas y maltratadas.

Que el dos, a las diez y media de la mañana,, salieron su madre y tías
enteramente desfiguradas y desarropadas y le dieron noticia de habérsele robado quanto tenían y de que su tío, don José Magra, había sido muerto por los aliados, tirándole entre quatro de una ventana a la calle;
que aquel día se retiró con su madre y tías a Lasarte.
tiene presentes a su tío, don José Magra, y al
presbítero don Domingo de Goycoechea, y de los (51v) heridos recuerda de Juan
Navarro y Pedro Cipitria, que han muerto de resultas
la casería de Chabartegui
y de su madre, así como los papeles de su administración y del Archivo del señor conde de Villa Alcázar, cuyas haciendas administra,
situado en esta calle de la Trinidad, frente al convento de San Telmo,
Que el quatro, a la mañana, volvió a entrar y vio que todo el Palacio del conde estaba ya abrasado.

28.- Joaquin María de Jauregui encargado de la Administración de la Aduana de esta Plaza, 26 años.

Que el quatro, a la mañana, volvió a entrar y vio que todo el Palacio del conde estaba ya abrasado.
y que de otros muchísimos de los campamentos inmediatos entraban en la Ciudad y volvían también cargados, cuyo desorden duró también el
día siguiente y los sucesivos, en los que se mantuvo también el testigo en las inmediaciones, y vio que tubieron parte en el saqueo hasta los brigaderos y marineros de los transportes yngleses, surtos en el Puerto de Pasages.
Que el día primero de Septiembre presenció la, salida de muchísimos
habitantes de la Ciudad, que presentaban el espectáculo el más lastimoso, pues se veían personas acaudaladas sin (52v) ropas y medio desnudas, señoritas con los pechos descubiertos y descalzas, muchísimas estropeadas y todas desfiguradas y atontadas con el duro trato que habían experimentado; de quienes oyó que la conducta de los aliados en la noche y la tarde anterior había sido la más cruel e inhumana, en el que executaron el robo el asesinato y la violación de mugeres sin
respetar la niñez y la ancianidad, y que el desorden y la indisciplina duró en los dias sucesivos.
Presbítero don Domingo de Goycoechea,
que fue muerto al tiempo que salió a victorear a los aliados, don José Magra, sugeto de edad abanzada, que, después de acuchillado, fue tirado de la ventana,
la muger de don Manuel Biquendi, Vicente Oyanarte, José Larrañaga, hombre bien acomodado y que, después de robado, fue muerto teniendo a un hijo suyo, de tierna edad, en sus brazos,
Felipe Plazaola, Bernardo Campos, la madre de don
Martín Abarizqueta, la suegra de don José de Echániz, José Jeanora, Martín Altuna y algunos otros que, aunque ha oído, no recuerda ahora; que los heridos que tiene presentes son don Felipe Ventura de Moro, Pedro Cipitria, don Juan Navarro, que han muerto a, resultas de las heridas, don Claudio Droma, don Pedro Ygnacio de Olañeta, tesorero de la Ciudad, don Pedro José de Beldarrain, actual regidor, doña
Luisa Zuinzarren, muger de un capitán del Regimiento de Guadalaxara, prisionero en Francia, y muchas mugeres que vio salir heridas, contusas el día primero de Septiembre.
los aliados fueron los que principiaron el incendio, desde la casa de la viuda, de Soto, o Echeverría, en la calle Mayor; ésta voz común y el haber notado el testigo en los días sucesivos que aparecía nuevo fuego (53) en partes distintas de la Ciudad, que no estaban en contacto unas con otras, y lo que el mismo testigo
observó dentro le hacen creer que los aliados fueron los que incendiaron la Ciudad.
el Quartel de San Roque hasta la casa de Urdinola, y al quarto de hora notó que ardía ya el quartel y desde él se iba comunicando progresivamente a las casas inmediatas con tal actividad que, a poco
rato que salió de la Ciudad, observó que tomó gran cuerpo el fuego y se quemaron para el día siguiente o inmediato todas las casas hasta la de Urdinola, en la que el día diez encontró él mismo una caña hueca, como de un palmo de largo, cargada por dentro de algunos mixtos y barnizada por fuera con un baño de resina o alquitrán;
le aseguró don José Vicente Echegaray, de este comercio, le robaron un
relox de oro, de valor de nueve onzas, fuera de la Ciudad.
Que el mismo deponente vio que, a los quince días después de la rendición de la Plaza, un Bergantín de guerra ynglés, que fondeó el diez de Septiembre, robó el fierro de los almacenes, sacándolos de entre escombros; llevó varias anclas y cables, se apoderó de todas las lanchas del muelle, pertenecientes a particulares, incluso el bote de la Aduana, los numeró y trató de llevarlas después de componerlas, y el deponente tubo que reclamar el bote de la Aduana, señalado ya con el número 10.
Que el veinte y quatro del mismo mes vio que la tripulación de una cañonera ynglesa, que hoy está en el Puerto, robó balcones de fierro que había entre escombros, los quales fueron trasladados al Bergan (53v) tín ya citado; que vio también a la misma tripulación, yendo con ella su comandante, robar hasta los candeleros dorados de madera de San Vicente, lo que pueden deponer varios que también lo vieron.

29.- Jose Maria de Ezeiza, 32 años.

que se hallaba fuera de la Plaza el día del asalto y vio toda la acción desde el alto de Puyu
durmió en el caserío de Aroztegui.
que él mismo fue acometido varias veces para robarle y perseguido con bayoneta por un portugués hasta muy cerca del caserío de Ayete, donde alojaba, el General Graham; muchos se veían medio desnudos, otros, aunque bien acomodados de fortuna, descalzos y desarrojados, muchas mugeres, sin pañuelos en los pechos, maltratadas contusas y heridas;
pues mataron e hirieron a muchos y violaron a casi todas las mugeres, sin perdonar a la niñez y a la
ancianidad; que en casa del mismo testigo, número 441, calle de Esterlines,
sucedió el caso más atroz de que podrá haber pocos exemplares en la historia,
pues que, según le aseguraron quatro testigos presenciales, cuya veracidad conoce,
una muchacha de diez y ocho años, de muy buen parecer, que se hallava refugiada
en ella, fue violada en la cocina de la segunda habitación, por un soldado ynglés y
luego fue muerta por el mismo de un balazo; que, moribunda y bañada en sangre,
la pusieron sobre un colchón y, estando en este estado, la quiso gozar otro soldado,
y, tomando una manta y soltados los calzones, se tiró sobre ella, a cuyo tiempo
llegaron otros que le arrancaron de los brazos de la moribunda. Que el deponente,
quando entró en su casa, el día tres, halló el cadáver de esta muchacha en el
almacén, en camisa y cubierto de sangre.
Que, poco después del asalto, traxeron a las inmediaciones del citaco caserío
entre ellos a un jendarme español, aborrecido por todo San Sebastián, porque
perseguía a sus vecinos por su notoria adhesión a la causa nacional; y que notó con
admiración que no eran tratados con igual miramiento unos voluntarios vizcaynos
del Batallón del mando de don Miguel Artola, quienes fueron hechos prisioneros en
una salida y cogidos por los yngleses en la cárcel, donde se hallaban presos, pues
vio que a uno de ellos, el único que tenía mochila, le (54v) despojaron de quanto
tenía en ella.
Presbítero don Domingo de Goycoechea, estando victoreando a los aliados, de don José Miguel Madra, José Larrañaga, Felipe Plazaola, Bernardo Campos, Vicente Oyanarte y otras personas
de que no hace memoria; los heridos don Felipe Ventura Moro, Juan Navarro, Pedro
Cipitria, que han muerto a resulta de las heridas, don Claudio Droville, don Pedro
Ygnacio de Olañeta, tesorero, y don Pedro José de Belderrain, regidos actual de la
Ciudad. Y, según notó al tiempo de la salida de la gente del Pueblo, era rara la
muger que no estubiese golpeada y maltratada.
el fuego era de tanta actividad que, habiendo
encontrado al maestro Arregui en el antigua distante un quarto de hora de la
Ciudad, con unos colchones que había sacado de su casa, siguió el testigo (55) a
paso tirado a la Ciudad y, quando llegó, no sólo estaba quemada la casa de Arregui,
sino otras quatro contiguas y la del deponente, que era la quinta, tenía ya fuego
por los altos. Que esto sucedió el tres de Septiembre.

que tiene oído a don José Vicente de
Echegaray, de este comercio, le robaron los aliados un relox de oro, que valía
nueve onzas.
Que, al séptimo día después del asalto, unos portugueses que se hallaban
alojados en la casa número 228, que hoy existe, propia de don Ramón de Labroche,
robaron plata labrada y varios cofres, que estaban escondidos en un parage muy
secreto; y sucedió lo mismo en la inmediata casa.
Que, días después de la rendición del castillo, vio a los portugueses, alojados
en la segunda habitación de la casa de Labroche, vio pesar y vender en el almacén
de la misma casa la plata del servicio de la Parroquia de Santa María y, entre ella,
un incejsario.
fixó su domicilio en esta Ciudad desde el diez de
Septiembre, vio que el quince un Bergantín ynglés de guerra se apoderó de varias
anclas y cables pertenecientes a particulares y al Consulado, así como de todas las
lanchas del muelle.
Que el veinte y quatro del mismo mes vio que la tripulación de una cañonera
ynglesa robó balcones de fierro y aun unos candeleros de madera de la parroquia
de San Vicente. Que el nombre del Bergantín de guerra es Racer.

Que los órganos de las dos Parroquias fueron destrozados y robados sus
caños y trompetería después de la rendición del castillo, habiendo en ambas
guardia de portugueses con oficiales.
Que aún el diez y ocho de octubre tubo que oficiar el Ayuntamiento con el
General español, comandante de esta Plaza, para que impediese el robo de
balcones que executaban los yngleses.

30.- Juan Antonio de Zabala, 40 años.

se hallava dentro de la Plaza durante el sitio y se
hallava en su casa, sita en la calle de Escotilla,
cometiendo los mayores desórdenes, a disparar
tiros dentro de las casas y violar a las mugeres, según notó por las quejas y ayes
de varias y aun presenció él cómo envistieron a algunas.
pasó a la inmediata de don José Magra,
donde se mantuvo aquella tarde y noche, que fue espantosa por los alaridos y
lamentos que se oían por todas partes y tiros que se disparaban dentro de las
casas. Que, a la noche, hallándose el deponente cerrado en el desván con varias
mugeres, sintió que entraron varios yngleses en la habitación en que se hallava don
José de Magra, a quien, sin embargo de que poseía la lengua ynglesa y les habló en
este idioma, golpearon y maltrataron por quitarle dinero y luego le hicieron subir a
la habitación de arriva para que les sirviese de intérprete a fin (56) de sacar dinero
al que ocupara dicha habitación, al qual y a su muger embarazada maltrataron
también y, habiéndose escapado marido y muger, emprendieron otra vez con el
desgraciado anciano don José, a quien, por último, agarrándole entre dos, le
arrojaron por la ventana a la calle, donde la mañana siguiente vio el deponente su
cadáver y lo metió con otro vecino dentro de una tienda abierta y saqueada ya por
los yngleses.
Que el día siguiente, primero de Septiembre, y su noche, siguió el mismo
desorden y desenfreno, a cuya vista y del cuerpo que iba tomando el fuego,
noticioso también de que había salido el único alcalde que hasta entonces había
permanecido, salió también el deponente a eso de las once de la mañana del dos
de Septiembre.
don José Magra, de don Domingo de Goycoechea, doña Xaviera
de Artola y José de Larrañaga; que los heridos deben ser muchos, especialmente
mugeres, pues quantas vio la mañana siguiente al asalto se hallavan golpeadas
contusas y estropeadas; que Pedro Cipitria y Juan Navarro han muerto a resulta de
las heridas.
Al quarto, dixo que el deponente no vio pegar fuego a ninguna casa, sólo sí
a un ynglés alto y rehecho, en la noche indicada, enfrente de la casa de Queheille,
que aún no ardía, quien tenía en el suela un tacho o marmita blanca de oja de lata,
llena (56v) de un ingrediente de color de grasa de vallena, y sobre la marmita una
mecha larga, y que dicho ynglés miraba a las casas de las dos ceras, de lo qual y
de lo que posteriormente ha oído por voz general infiere que con aquel ingrediente
y mecha incendiaría algunas casas y que los demás se valdrían de iguales mixtos,
advirtiendo que en aquel momento pasaron por aquel parage quatro o cinco
oficiales que, aunque vieron al soldado ynglés, no tomaron ninguna providencia.
pero Antonio Alberdi, vecino de esta, Ciudad, le aseguró que, habiendo querido
cortar el fuego de su casa, le impidieron los aliados y tiene entendido también que
al carpintero José Ygnacio de Bidaurre, que por orden de la Justicia fue a apagar el
fuego de alguna casa, le maltrataron y ahuyentaron.
quando salió el día dos de esta Ciudad, le
robaron unos yngleses, a tiro de fusil fuera de la Ciudad, el capote y una pieza
grande yndiana, únicos efectos que había salvado.

31.- José Ignacio de Sagasti, 37 años.

dixo que salió de la Ciudad, habiendo hecho salir antes a su
familia el veinte y siete de Junio, dexando criados que cuidasen de sus casas y se
fixó en la villa de Usurbil.
desde el caserío de Altamira, que está baxo de tiro
de cañón, vio batir la Plaza en todo aquel día y, habiendo dormido en aquella noche
en un caserío de Loyola,
salió a la mañana con sus compañeros azia el camino de San Bartolomé
por ver si salían de la Ciudad algunos habitantes, como en efecto vieron un montón
de familias, cuya vista causaba horror y compasión, pues era difícil conocer a los
mayores amigos por lo desfigurados que se hallaban así en sus semblantes como
en sus trages, porque muchos no tenían sombrero ni medias, otros en mangas de
camisa, otros sin ella, otros descalzos; que la vista de las mugeres era todabía más
espantosa, pues que las más se hallaban contusas y golpeadas en la cara y otras
partes y sin pañuelos con qué cubrirse los pechos;
fue la más inhumana y atroz, pues no solamente saquearon
mientras hubo efectos que robar, sino que a los víctores y vivas de los habitantes
correspondieron con balazos, asesinaron e hirieron a muchos y violaron casi a todas
las mugeres sin respetar la niñez ni ancianidad; que tiene entendido que una
muchacha, de diez y ocho años, que se hallaba refugiada en casa del comerciante
don José María de Ezeiza, fue violada por un soldado ynglés y muerta luego por el
mismo de un balazo, y, antes que expirase, se tiró sobre ella otro para gozarla en
aquel estado, cuyo acto no le dexaron executar otros soldados que llegaron en
aquella ocasión.
Que los habitantes extrañaron mucho más esta conducta de los
aliados al ver que éstos recivían con los brazos abiertos y trataban con el mayor
miramiento y muestras de cariño a los franceses cogidos con las armas en la mano.
que fueron muertos el presbítero don
Domingo de Goycoechea, don José Magra, la muger de don Manuel Biquendi, José
Larrañaga, Vicente Oyanarte, Felipe Plazaola, Bernardo Campos, Martín Altuna, la
madre de don Martín Abarizqueta y la suegra de don José de Echániz. Que (58) de
los heridos tiene presentes a Pedro Cipitria por la particularidad de ser el encargado
para cuidar de la casa del testigo y que fue herido mortalmente en ella por los
aliados al tiempo que salió a victorearlos al balcón; que las mugeres que vio salir
muchas estaban heridas y las más contusas.
cree sin duda que los aliados han sido los
incendiarios.

32.- Leon Luis de Gainza Presbitero, cura párroco que ha sido de la
Parroquia de San Vicente durante el sitio, 46 años.

dixo que en la tarde del dia treinta y uno de Agosto, después que
se apoderaron los aliados de la Plaza, subieron a casa del testigo unos diez
soldados, acaudillados por un sargento con su sable desembaynado, quienes
entraron en la sala de la segunda habitación, en donde se hallaba, le pidieron el
dinero que tenía y, siendo poco el que les entregó, porque no tenía más,
temeroso su hermano,

le amenazó con la bayoneta y aun le llegó a hacer un rasgón con ella en el
muslo y pudo contenerle un soldado que estaba presente, cuya protección imploró
y se mantuvo a súplica suya en la pieza en que se hallaba reunido con un hermano,
sobrino y otras personas que vinieron, en todo como unas veinte, y dicho soldado
evitó algunos excesos que hubiera cometido, particularmente uno mal vestido, que
no era militar, pero que contaba con un fusil y se mezclaba donde estavan los
soldados;
le amenazó disparar con el
fusil y lo cebó con este intento, pero el otro soldado, que hablaba castellano y le
dijo el testigo que era sacerdote, le contubo de modo que, si no hubieran estado el
soldado antes citado y éste, el uno ynglés y el otro portugués, hubieran peligrado
sus vidas;
por lo que procuró huir y subió al
texado, en donde pasó el resto de la noche,

ha oído que en estos tres primeros días, particularmente
en la primera noche, varias relaciones de violencias cometidas por las tropas
aliadas en personas de otro sexo y aun en el mismo deponente, sintió por dos
veces unos quexidos lastimeros que indicaban que la muger que los daba
experimentaba algún mal tratamiento en su persona.
el presbítero don Domingo de Goycoechea fue muerto
en la misma tarde del asalto de balazo y también un chocolatero que vivía en la
calle de Echagüe o Embeltrán, que ha oído después haber habido otros muchos
muertos y heridos, cuyos nombres y apellidos no tiene presentes.

conoció dónde podía
ser y el día siguiente supo que era la casa de la viuda de Soto, que hace esquina a
la calle Mayor, yendo de la de Pescadería vieja;
dixo que salió de la Ciudad al tercer día de la entrada de los
aliados, a eso de las diez y media de la mañana, y, habiendo estado diez o doce
días en un caserío, junto a Huba, con su hermana y después en Aya;

33.- Bartolomé de Olozaga, actual Cónsul de su Ylustre Consulado, 45 años.

que salió de la Plaza el veinte y nueve de Junio, dejando
todo quanto tenía en ella y permaneció en la villa de Usurbil hasta el treinta de
Agosto, en que, noticioso que se había de dar el asalto aquel día o el siguiente, vino
con don José Ygnacio de Sagasti y otros a las inmediaciones de la Ciudad y vio batir
la Plaza el treinta desde el caserío de Altamira,
Que, a la mañana siguiente, fue con sus compañeros azia el camino de San
Bartolomé por ver a los habitantes que salían de la Ciudad y le pesó haberlos visto
por el mal rato que le causó su vista, capaz de enternecer a un corazón de bronce,
pues venían tan desfigurados en sus semblantes y trages que aun a los mayores
amigos era difícil conocer, porque venían sin sombreros y descalzos muchos y los
más desarropados; que las mugeres presentaban aún quadro más lastimoso,
porque las más venían golpeadas y muchas con los pechos descubiertos.
Que, habiendo empezado a retirarse por el camino Real, era tal el
desenfreno de los soldados que les insultaron muchas veces y uno de ellos quiso
robar al testigo, por lo que se retiraron apresuradamente a Usurbil.
mataron e hirieron a muchos y violaron casi a
todas las mugeres sin respetar a niñas ni ancianas. Que tiene oído por cosa cierta
que una muchacha de diez y ocho años, refugiada en casa de Ezeiza, fue violada
por un ynglés y, herida mortalmente por el mismo de un balazo y, hallándose con
las vascas de la muerte, se tiró otro sobre ella para violarla y le separaron otros
soldados. Que a los habitantes chocó más esta conducta, viendo que los aliados
trataban con el mayor cariño a los franceses (61) cogidos con las armas en la
mano.
Domingo de Goycoechea, presbítero, don José Magra, José
Larrañaga, Vicente Oyanarte, Felipe Glazaola, Bernardo Campos, Martín Altuna, la
madre de don Martín, Abarizqueta y la suegra de don José de Echániz. Que de los
heridos tiene presentes a Pedro Cipitria y Juan Navarro, que han muerto a resulta
de las heridas, y otros muchos que ahora no recuerda, especialmente las más de
las mugeres que vio salir estaban heridas y golpeadas.
Que el mismo deponente, a los quince días después de la toma de la Plaza,
vio que, al tiempo de sacar los dependientes de la Secretaría de la Provincia
papeles pertenecientes a ella de entre los escombros de la casa de Elizalde,
habiéndose descubierto unos caxones de azúcar se tiraron sobre ellas unos
soldados portugueses y las robaron todas.

34.- Fermin Artola, carpintero 38 años.

dixo que se hallava dentro de la Plaza en la casa frente de la
Parroquia de San Vicente quando entraron los aliados
a los que correspondieron con balazos y mataron a (62) una muger joven,
que vivía frente de las puertas pequeñas de dicha Parroquia, hiriendo también
mortalmente a Pedro Cipitria;
entraron unos veinte y quatro
yngleses y un portugués en casa del testigo, empezaron a pedir dinero y aun
pusieron los fusiles al pecho del testigo y a otros dos hombres, robaron quanto
había en casa y, quando salieron, llamaron a un oficial, quien trajo a otros y les
dixeron cerrasen bien las puertas, pues que luego se daría la señal del saqueo, y,
en efecto, oyeron un clarín, a cuyo sonido siguió el romper las puertas y un saqueo
completo y todo género de desórdenes, pues sentía desde su casa los ayes y quejas
de las mugeres, y vio que muchos andaban por los texados y algunos en camisa,
huyendo de la muerte que les querían dar.
Que toda la noche continuaron los clamores de las mugeres, que eran
maltratadas y violadas, y hasta doce muchachas vinieron huyendo a refugiarse a la
casa del testigo, al abrigo de los oficiales.
Que el día siguiente, aun después que se dio licencia a los habitantes para
salir, reynaba el mismo desorden, pues robaban y maltrataban a los que
encontraban en la calle; que notó que a los cinco oficiales portugueses, alojados en
su casa, les trahían los soldados todo lo que saqueaban y escojían para sí lo mejor,
como reloxes, anillos, cubiertos de plata y otras cosas de esta calidad y lo de
menos valor entregaban a. los soldados.
Que el deponente salió de la Ciudad al anochecer del dos, viendo que había
prendido su casa fuego y por haberle dicho uno de los oficiales que se marchasen,
porque todo San Sebastián se quemaría.
Domingo de Goycoechea, una muger joven en frente de la Parroquia de San
Vicente, tres ancianas que se quemaron vivas en la calle de los toneleros, por
haberle dado los aliados fuego a la casa por debaxo; y una muger de enfrente del
muelle le aseguró en el Antiguo, llena de lágrimas, que a una hija suya, de edad de
catorce años, después de haberla violado, la dejaron muerta en la cama y que,
habiendo perseguido a la misma madre, huyó como pudo con otra hija. Que los
heridos deben ser muchos, según lo que ha oído públicamente (62v) y según los
gritos y quejas de la tarde y noche del asalto, aunque no tiene presentes.
dixo que por primera vez hubo fuego en la Ciudad en los barrios
cercanos a la brecha el veinte y quatro de Julio y se apagó por el deponente y todos
los demás carpinteros del Pueblo en medio de las granadas y balas que les
disparaban los sitiadores, habiendo muerto unos doce de ellos y de otros habitantes
y herido algunos; que a algunas casas dieron entonces los franceses por robar,
pero se apagó el fuego para el treinta de Julio, habiéndose quemado y destruido
sesenta y tres casas; que, desde entonces, no ha habido fuego alguno en la Ciudad
hasta el día del asalto, después que entraron los aliados;
que la mañana de primero de Septiembre salió a la calle y,
habiéndose juntado con otros carpinteros, se dirigió a la casa del doctor con Vicente
de Lardizabal, en la calle del Puyuelo, por haber oído que había fuego muy cerca de
ella; que, habiendo llegado a dicha casa y subido por las escaleras, vio que
baxaban unos soldados yngleses con unos cartuchos gordos largos en las manos y,
habiendo impedido subir al testigo y sus compañeros, dieron fuego por las
escaleras a dicha casa, que ardió al instante: cuya operación vio que se hizo en
toda aquella cera y la de en-frente; que vio casi en todas las calles a los soldados
que entraban en las casas, primero a reconocerlas, por si había algo que robar, y
luego hacían uso de aquellos mixtos que llevaban todos en la mano. Que estos
mixtos eran unos cartuchos de palmo y medio de largo y pulgada y media de
diámetro, huecos por dentro; que los llenaban de un líquido de color de grasa de
vallena, derritiendo primero en unas calderas, pues, antes de convertirse en
líquido, era una masa como resina, y, a luego que lo metían en los cartuchos, se
congelaba; (82v) que para llenar los dichos cartuchos los ponían en hilera, fixados
en arena y, en esta disposición, vaciaban a dichos cartuchos aquella masa derritida
y, luego, cada uno de los soldados tomaba los que quería y, dando fuego por la
boca superior del cartucho, despedía un fuego extraordinario; que la operación y
preparación de los cartuchos vio executar el deponente en la calle de Esnateguia o
Narrica.
dixo que ya ha declarado cómo le estorvaron en casa de
Lardizabal atajar el fuego y, habiéndose ocupado el deponente con otro en cortar el
fuego que por la calle de Juan de Bilbao se dirigía a su casa la mañana de primero
de Septiembre, les dijo un ogicial portugués que trabajavan en valde, porque toda
la Ciudad debía ser incendiada.
que guando salió el día dos con su muger e hija y un oficial
portugués, le robaron dos sacos de ropa unos yngleses cerca de la casa de
Misericordia y que el oficial portugués, compadecido de ver que el testigo con su
familia había quedado sin nada, les dio de cenar a todos.
dixo que vio castigar a un soldado portugués en el atrio de San
Vicente con unos cuantos sablazos, que llegarían a sesenta, y le dieron con el
ancho del sable en las espaldas.

35.- Tomas de Brevilla, 41 años.

se hallaba dentro de la Plaza el día del asalto, en su
casa, sita, en esta calle de la Trinidad, junto al Palacio del conde de Villa Alcázar

vio hacer prisioneros algunos jeandarme, a quienes recivieron con las mayores
demostraciones de cariño, lo que extrañó mucho más en vista del trato que dieron
a los habitantes, pues, a luego que abrió las puertas el testigo, se le echaron seis
soldados y le puso cada uno su bayoneta debaxo do la barba, pidiéndole dinero que le quitaron quanto tenía y un portugués le rasgó todo el chaleco y camisa con
un cuchillo de cocina y, si no se retira, le hubiera abierto pecho y barriga; que un
ynglés de un achazo que le dio en un hombro le derribó al suelo;
que muchas veces se vio
en peligro de perder la vida con el fusil apuntado de que le libertaron los lloros y
ruegos de diez mugeres que tenía en su casa, especialmente una hija suia, de trece
años, que con la mayor intrepidez se tiraba sobre los fusiles de los soldados; que,
en una de las ocasiones, les pusieron a todos de rodillas cinco soldados, pidiéndoles
una peseta, que no tenían que darles; que le costó mucho trabajo y expuso su vida
por arrancar de los brazos de un portugués a su hija de trece años que la quería
forzar, así como a su muger y demás que se hallaban en casa, y, por evitar esta
violencia y las continuos riesgos de perder la vida, que se multiplicaban por
momentos, tubieron que abandonar la casa y pasar a la de enfrente, al abrigo de
un oficial herido, que allí se hallaba; que, al tiempo de pasar a esta casa, le quiso
matar el mismo portugués que antes le arrasgó el chaleco y la camisa; que,
habiendo hablado a dos oficiales a fin de que tomasen alguna providencia para
contener estos desórdenes, representando a uno de ellos que, según las Leyes de
la guerra, en una Plaza tomada por asalto se pasaban a cuchillo a la, guarnición y
que ellos, dando quartel a los franceses cogidos con las armas en la mano, los
trataban con mucho miramiento, y a los vecinos, sus aliados, les daban tan cruel
trato, le contextó el uno que hacían bien los soldados, pues (64) que todo era suio,
y le respondió el otro callase, que era un pícaro afrancesado, a que repuso el
deponente que, lejos de ser afrancesado, le habían castigado los franceses por sus
sentimientos patrióticos con diez y siete días de calabozo y quarenta y dos de
arresto dentro del Pueblo, pero éste oficial, que era portugués, le echó un bufido y
le volvió las espaldas.
Que a la casa, donde estaba refugiado el deponente con su familia, vinieron
varios estropeados y maltratados, entre ellos Xavier de Amenavar, chocolatero, de
bastante caudal y crédito, quien llegó medio desnudo y refirió a todos que, después
de haberle saqueado quanto tenía, le pusieron en cueros, porque descubriese más
dinero, le dieron fuego por las palmas de las manos, de las plantas de los pies y de
las sienes, como lo notó y conoció y vio el mismo testigo, que le reconoció todas las
partes citadas, de modo que estaba desfigurado y causaba compasión su vista; que
le refirió que, después de este martirio, le dieron baquetas con las de sus fusiles y,
viendo que iba a perder la vida, pudo separarse diciendo que iba por dinero, y, en
cueros y con un niño de quatro años en los brazos, al que halló en la escalera,
subió al texado y de texado en texado, vino a parar al de don José Francisco de
Echanique, en la calle Mayor, a quien halló con otro, arrimado a la chimenea, donde
se mantuvo hasta la mañana siguiente, en que, habiéndole dado una muger una
saya para cubrirse, vino a parar a la casa donde se hallava el testigo.

que es casi imposible averiguar el número fixo de los
muertos por la actual dispersión de las familia de San Sebastián y porque muchas
habrán quedado enterradas quemadas dentro de las casas, aunque ha oído decir
que llegará a quinientas; pero los que él puede asegurar son: su tía doña Xaviera
de Artola, el presbítero don Domingo de Goycoechea una criada, que fueron
muertas en una misma casa, con José de Magra, José Larrañaga, Martín Altuna,
otra muchacha llamada Vicenta y otros muchos que no tiene presentes; que él
mismo vio hasta siete heridos y además el criado de la Posada de San Juan y otros
(64v) varios.
quando salía el dos de Septiembre, a la
mañana, vio que unos portugueses e yngleses dieron fuego a la casa situada
enfrente de la Mayora y hace esquina a la de Embeltrán, tirando unos cartuchos
gordos y largos encendidos por el zaguán que da a la dicha calle de Narrica y tiene
salida y comunicación a la de Embeltrán, de manera que de esta suerte lograban
incendiar la cera de esta última calle y la de la otra, que ardían ya quando el
deponente salió fuera; que dicha calle de Narrica estaba llena de portugueses,
formados en dos filas.

36.- Domingo Hilario de Ibaceta, 38 años, doctor, antiguo médico de número de los
Reales Exércitos, pensionado por su Magestad y, en la actualidad, de los Exércitos
Nacionales, que, por su patriotismo, fue conducido a Francia y, regresado, a
existido constantemente en calidad de prisionero en esta Plaza,
dixo que se hallaba fuera de la Plaza durante el sitio y
permaneció en la villa de Orio hasta el día treinta y uno de Agosto,

que salían muchos
habitantes despavoridos, maltratados y varios heridos, y los soldados aliados
estaban tan insolentes que, no pudiendo el testigo soportar la presencia de una
escena tan horrorosa, se retiró de su presencia; que, preguntados los miserables
habitantes que salían en una figura tan lastimosa del recinto de la Ciudad sobre lo
que se les había succedido, refirieron los actos más horrorosos e inesperados que
experimentaron de parte de unos aliados, a quienes aguardaron con ansia, que
ellos mismos eran los que habían pegado fuego a la Ciudad por diversos puntos,
atestiguando varios de ellos que los habían visto dar fuego calle por calle y casa por
casa y que no se podía esperar se salvase ni una sola.
presbítero don Domingo de
Goycoechea, don José Magra, doña Xaviera Artola; que los heridos deben ser
muchos según notó en los habitantes al tiempo de la salida, el primero de
Septiembre.
después del asalto, malogrado del día veinte y
cinco, oyó a oficiales y soldados, así yngleses como portugueses, que la Ciudad de
San Sebastián había de ser incendiada, dando al testigo como el parabién por
hallarse fuera, a cuyas expresiones ni remotamente dio ascenso por entonces.

37.- Jose Antonio de Eleicegui, 29 años, actual cónsul del Ylustre Consulado de esta
Ciudad,
que salió de la Plaza el veinte y nueve de Junio y
permaneció en los Pueblos inmediatos hasta el treinta y uno de Agosto, en el que
desde un caserío cercano vio el asalto

con ánimo de comprar algo a los
soldados para entregar a sus dueños, vio que aún continuaba el saqueo y halló un
montón de habitantes conocidos y amigos suyos, que salían de la Ciudad en el
estado más deplorable, desfigurados, desarropados, golpeados y heridos (66v), de
quienes supo que la conducta de los aliados en la noche y tarde anterior fue la más
atroz e inhumana, pues que saquearon, mataron e hirieron a muchos y violaron
casi a todas las mugeres sin respetar a niñas ni ancianas; que, horrorizado de ver
estas figuras y por haberle asegurado uno que no se acercase a la Ciudad, porque
robaban los aliados, se retiró.
Domingo de Goycoechea, don José Magra,
doña Xaviera Artola, Vicente Oyanarte y otros que no recuerda; que los heridos ha

oído decir también son muchísimos y recuerda de Pedro Cipitria y Juan Navarro,
llamado el Andaluz, y vio muchas mugeres, maltratadas y golpeadas, al tiempo de
la salida.
puede alegar lo sucedido con la casa de su habitación, la que vio que el cinco o seis
de Septiembre principió a arder por la segunda habitación, lo que indica que desde
ella se le dio fuego.
a los diez o doce días después de su posesión,
rendido ya el castillo y hallándose establecidas en esta Ciudad las autoridades
civiles, robaron los portugueses varias caxas de azúcar que se descubrieron en el
almacén del testigo; que, algunos días después, unos yngleses robaron (87) del
mismo almacén varias barras de fierro y se apoderaron también de algunas anclas
de particulares; que, habiendo reclamado el deponente sus barras del comandante
de un Bergantín de guerra ynglés a donde las condugeron, sirviéndose de don
Manuel de Arambarri como yntérprete, contextó que él no conocía más autoridad ni
dueño que al Lord Wellington, y, aunque le pidió recivo para constar el número de
las barras en el caso de que S. E. las mandase restituir, no le quiso dar dicho
comandante.

38.- Nicolas de Sarasti, 56 años.

e hallava dentro de la Plaza durante el sitio y el día del
asalto, en el qual, a eso del medio día, vio entrar los aliados por la calle de San
Lorenzo y, al llegar a la esquina de Narrica, el deponente y todas las de las
vecindades que vivían en la de Esterlines empezaron a victorear y gritar ¡ vivan los
aliados! y ¡viva España!, pero, viendo que un soldado, vestido de azul, disparó un
tiro al balcón de la casa (67v) vecina de Ezeiza, atemorizados, todos cerraron las
ventanas y a luego empezó el saqueo
que para
la una habían muerto a bayonetazos en la vecindad a una muchacha joven, llamada
Juana, dejándola en cueros;
que entraron también en casa del testigo y le robaron
quanto tenía y un soldado ynglés, baxo de cuerpo, haciéndole poner de rodillas,
porque no le daba dinero le disparó a boca de jarro y le quitó hasta la camisa,
dexándole en cueros, con sólo los calzones; que una hija suia de once años pidiía
auxilio a la madre, clamando que iban a matar al deponente, a que respondió que
no podía socorrer, porque ella misma, que se hallaba en otra habitación, se veía en
el mismo peligro; que hubiera sido muerto seguramente a no haberle aplacado,
poniéndose de rodillas, besándole las manos y a fuerza de ruegos de su hija; que a
un tío del comerciante Ezeiza vio que le maltrataron extraordinariamente en la
misma calle, poniéndole en cueros, porque descubriese dinero; que oió gritos y
lamentos de mugeres que eran violadas y aquella noche fue espantosa, aunque en
casa del deponente no hubo desórdenes en ella; que a todos los demás vecinos del
Pueblo ha oído quejarse de iguales malos tratamientos recividos de los aliados.
Domingo de Goycoechea y dos
chocolateros muertos.
dixo que por primera vez hubo fuego en esta Ciudad por aquello
de Santiago, habiendo dado principio por la casa de Arribillaga, junto a la brecha,
en cuya extinción trabajó el testigo a una con otros carpinteros del Pueblo, y se
logró apagarlo enteramente a los cinco días, habiéndose quemado unas cincuenta
casas;
vio a unos yngleses pegar fuego con unos cartuchos largos a una casa
cercana a la botica, por la primera habitación, lo que notó por haber seguido a
dichos yngleses a observar lo que hacían, a uno con otros dos compañeros caseros,
y que luego ardía dicha casa, y por lo mismo cree que los aliados causaron el
incendio de la Ciudad.
Al quinto, dixo que vio, a eso de las diez de la mañana del primero de
Septiembre, colocadas centinelas en las quatro esquinas de la calle Mayor y en la
de la Escotilla, que impedían entrar en la calle intermedia, que estaba ardiendo.
dixo que al deponente, que salió el día dos, a las once, le quitaron
lo que llevava los aliados en. la calle de la Escotilla, a su hijo en la Puerta de tierra
y a su mugar la ropa blanca que llevava en un atito le robaron en el Prado o Glacis.

39.- Vicente Ibarguren, 62 años.
se hallaba dentro de la Plaza con su muger, hija y José
de Gamboa, cuidando de la casa de la señora viuda de Bermingham y su hijo don
Joaquín, en la calle de Arriva, durante el sitio
que éstos les atemorizaron tanto que baxaron
al sótano y, rompiendo la puerta de él, entraron cinco, quienes quisieron violar a
las tres mugeres que allí se hallaban, y, habiendo podido libertar el testigo a su
muger e hija, violaron a la otra; que, en vista de esto, abandonaron la casa, su
muger fue a la otra casa vecina y estuvo escondida en el común, el deponente, que
no abandonó a su hija, salió a la calle y allí le arremetieron unos soldados con
intento de forzar a su hija, de cuyo apuro le libertó (89) un sargento alemán con la
condición de que le enseñase casa en que robar; que se hallaba entonces en
mangas de camisa y en esta postura fue a la calle Mayor, a casa de Gamboa, y,
habiendo notado desde allí que estaban saqueando la casa de don Pedro Salas, se
dirigió a ella el sargento, y el deponente hizo entrar a su hija en casa de don José
Francisco de Echanique, donde pasó tres horas debaxo de una escalera y después
se agregó a varias familias que en ella se hallaban refugiadas; que el testigo volvió
solo a su casa y en el camino le acometieron unos portugueses, amenazándole de
quitar la vida con bayonetas y puñales si no les daba dinero y, no pudiéndoles dar,
porque no tenía, le registraron todas las partes secretas de su cuerpo, hasta
soltarle los calzones y arrancarle un braguero que usa por precaución y lo hicieron
pedazos, pensando que contenía dinero; por fln salvó la vida por el relox que les
dio; que otra partida de aliados le acometió también, queriéndole quitar la vida con
las bayonetas puestas al pecho y con una acha que amenazaba descargar sobre él
un portugués, y, hallándose en aquel apuro, puesto de rodillas, pidiendo le dexasen
la vida, pues que no tenía un cuarto, viendo que no surtían efecto sus ruegos, gritó
en toda la calle le prestase alguno siquiera una peseta y una buena vieja,
compadecida de sus lamentos, alargó tres pesetas que tenía añudadas en el
pañuelo, con el que le dexaron; que de otro riesgo enteramente semejante le
libertó un muchacho, dando una peseta, y ha oído después que hirieron al tal por
esta causa; que, no creyéndose seguro en casa, pasó a un horno de la callejuela o
velena de Perujuancho, en cuyo común estaba metida la muger del testigo, y él se
metió entre unos sacos con otras dos viejas, (89v) pero aun allí les halló un
soldado, que andaba registrando todos los rincones con un tizón, y, sacando un
puñal, le intimó iba a matarle con él si no le daba quince duros; que el deponente,
sin recursos ningunos, puesto de rodillas, le hizo mil súplicas, pidiendo
misericordia, oyendo todo este pasage su muger, afligida, desde el común, y por fin
pudo aplacarle y, habiendo subido dicho soldado a la habitación de arriva, se
aprovechó de esta ocasión y salió a una con su muger para su casa, donde, según
les gritaron, había tres yngleses buenos alojados, en cuya compañía pasaron la
noche, agazajándolos con aguardiente y con lo que tenían.
Que, a la mañana, se
les agregó la hija y, sintiendo desde el almacén, donde se hallaban, que subieron
muchos soldados a saquear y que estaban saqueando toda la casa, salieron todos a
la calle y, andando por ella sin destino y morados, así como andaban otros muchos,
les ofreció su casa doña Josefa Ygnacia Urdalleta, la que tenía consigo dos oficiales,
el uno herido, con un sargento; subieron a su amparo y allí prorrumpió el
deponente en un copioso llanto, viendo libre con su familia de los riesgos y sustos
que había padecido, y permanecieron allí hasta su salida, que la verificaron a eso
de las dos de la tarde, habiendo perdido quanto tenían.
Que iguales malos tratamientos sufrió todo el vecindario, pues por todas
partes no se oían sino ayes, gritos y llantos.
Domingo de Goycoechea, doña Xaviera Artola y una
criada, don José Magra, José Larrañaga y Felipe Plazaola; que ha oído hablar de
varios heridos que no recuerda, pero tiene presente por su singularidad las que
causaron los aliados a Xavier de Amenavar, sobrino del testigo, chocolatero
acaudalado, que entre géneros (70) y metálico habrá perdido sin duda en el saqueo
más de doce mil pesos; que este hombre, veraz, y su hermana le han referido que,
no teniendo qué dar ya, le pusieron en cueros y le dieron fuego por las plantas de
los pies y por las sienes y luego baquetas para que descubriese dinero, y, al fin,
huyó por los texados con un hijo suio de dos años en los brazos; y que el dicho
Amenavar se halla actualmente enfermo en Rentería.

40.- Santiago Zatarain, 26 años.
el día veinte y nueve de Junio salió de esta Plaza y
permaneció en Zubieta hasta el treinta y uno de Agosto, en que salió para las
inmediaciones de esta Ciudad y el primero de Septiembre llegó para el camino de
San Bartolomé al tiempo que salían de la Ciudad un montón de familias y muchos
amigos en la figura más triste y deplorable, desfigurados, desarropados,
estropeados y golpeados de modo que causaba compasión su vista;
por los aliados,
quienes mataron e hirieron a mu chos y violaron casi todas las mugeres; que las
criadas que que daron en casa del testigo fueron amenazadas de muerte variaé
veces, después de haber franqueado con la mejor voluntad quantc tenían, así de
comestibles como de dinero. Y, por salvar su vida la una tubo que esconderse en el
común, donde pasó toda la noche, y la otra en el texado, recibiendo copiosos
aguaceros hasta el anochecer, en cuyo tiempo se refugiaron a una casa vecina.
Que aquella noche se retiró a su casa de Zubieta

Domingo de
Goycoechea, don José Magra, que fue tirado de una ventana, Vicente Oyanarte,
Bernardo Campos, José Larrañaga, Felipe Plazaola, doña Xaviera Artola y una
criada, la madre de don Martín Abarizqueta, la suegra de Echániz y una criada
refugiada en casa de don José María de Ezeiza que, después de violada por un
ynglés, la mató él mismo; que los heridos de que se acuerda son Pedro Cipitria, que
cuidaba de la casa de un primo del testigo, y fue herido al tiempo que salió a
victorear a los aliados y ha muerto a resultas, Juan Navarro, que también ha
muerto, y otros que no recuerda.
desde la
falda de Montefrío, donde se hallaba,
ha oído a la criada de su
casa que a la ora en que se refugió al anochecer del día del asalto, dieron fuego dos
veces los aliados desde el almacén y, habiendo acudido a apagarlo varios hombres
que había en la casa, le dispararon de la casa de enfrente, pero por fin, por
mediación de un. oficial, se logró cortar por entonces; que esta casa es la de
Berbeder, en la calle de la Trinidad.
ha oído al carpintero José Antonio de Aguirrebarrena,
hombre veraz y fidedigno que, habiendo ido a apagar una casa de don Joaquín Yun,
cercana a la Parroquia de San Vicente, se lo estorvó un centinela portugués que
había en la puerta. (71v)
a la tarde, entró en la Ciudad con su compañero Esteban de
Recalde y una criada en la Ciudad y se dirigió a la casa de su habitación, propia de
don Bartolomé de Olozaga, con ánimos de sacar lo que había guardado en un
secreto, pero no se atrevió a tomar más que una poca de plata, que la metió en un
colchón, dexando el secreto en la misma conformidad de antes;
Que el cinco volvió con su compañero Recalde con ánimo de sacar lo que
había en el secreto, pero no les quisieron dejar entrar en la Puerta de tierra, a cuya
vista fue al caserío de Borroto, donde se hallaba el General Graham,
Que, a los quince días después de la rendición de la Plaza, oyó a varios que
robaron barras de fierro y azúcares del almacén de don José Antonio de Eleicegui,
el hierro los yngleses y el azúcar los portugueses, así como anclas de un tal
Zatarain y Belandia, y, habiéndole hecho cargo el cónsul Eleicegui por medio de
yntérprete, que era don Manuel de Arambarri, al capitán de un Bergantín de guerra
ynglés, a donde se condugeron, diciendo iue eran de particulares, le contextó que
todo era del Lord Wellington.
Que se le ha olvidado decir antes que, desde que se desgració el asalto del veinte y
cinco de Julio, oyó en Zubieta y otras partes a algunos oficiales y soldados aliados
que tenían orden del General Castaños de pasar a cuchillo a todos los habitantes de
San Sebastián, habiendo forjado la patraña de que en dicho asalto hasta las
mugeres tomaron parte, tirándoles agua hervida, con cuyas falsas voces querían
cohonestar el proyecto que tenían pre-parado de executar lo que se ha visto
después.

41.- Vicente Lecuona, 26 años.
se hallaba dentro de la Ciudad durante el sitio y el día
del asalto en casa de la viuda de Soto, en la calle Mayor,

habiendo salido, llenos de gozo, a las ventanas a ofrecerles
todo qua.nto tenían, les dispararon de una vez cinco tiros; que, habiendo avierto la
puerta, entraron en la casa y un sargento ynglés le tiró un golpe con su lanza o
alabarda, que le hubiera metido en el cuerpo a no haberlo desviado con la mano;
que les quitaron todo el dinero que tenían; que, después de éstos, entraron otros e
hicieron lo mismo, y a don José Vicente de Soto, después que le quitaron quanto
tenía, hasta el relox, tubo que salir de casa, como que iba a buscar dinero, y
entonces fue guando enprendieron con el testigo, pi- (72v) diéndole dinero que no
podía darles por no tener un maravedí, y le sacaron a la calle en dos ocasiones
desde dicha casa de Soto a matarlo con los fusiles apuntados, y a la primero le
libertó su muger, que se presentó con un niño en los brazos, y a la segunda le
dexaron ellos mismos; que, después que tomó fuego la casa de Soto, pasó a la
suya propia, que estaba inmediata, donde, habiendo entrado unos soldados, le
sacaron también a la mitad de la calle para afusilarlo y se libró por un oficial
portugués; que unos soldados portugueses le tiraron por todas las escaleras abaxo
y se le desconcertó el tovillo del pie izquierdo, a cuyas resultas ha estado veinte y
dos días retirado.
a la mañana vio el mal trato que dieron a don Manuel Brunet y su
muger en la calle, hiriendo a don Manuel de un golpe que le dieron en la cabeza con
la llave del fusil y robándole lo que tenía, aun el sobrepuesto a la señora.
Que hibo tal desorden en quanto a mugeres, especialmente la noche
anterior, que dos muchachas de parages bastante lejanos vinieron de texado en
texado hasta la casa de dicho Brunet.
Y salió, por fin, el primero de Septiembre, a una con don Manuel Brunet y su
familia, escoltado de dos oficiales y un sargento, y se edirigió a la villa de Usurbil.
Domingo Goycoechea, de José
Larrañaga, Felipe Plazaola, la muger de don Manuel Biquendi y otros que no se
acuerda; que de los heridos se acuerda de Pedro Cipitria y Juan Navarro, llamado el
Andaluz, que han muerto a resulta de las heridas, de Ygnacio Galarza, que ha
muerto también, y otro herrero llamado Joaquín, de don Manuel Brunet, que fue
herido, como lleva dicho, y otros muchos que no recuerda.

no había fuego en la Ciudad quando entraron los aliados
y lo vio por primera vez en la casa de la viuda de Soto, donde se hallava el testigo,
en el almacén, dando aguardiente a una infinidad de soldados aliados; que sería
como el anochecer guando por la Puerta que mira al Puyuelo, que estaba abierta,
vio a unos soldados, que pusieron fuego en el suelo con (73) alguna mecha o
mixtos, que no conoció por hallarse ocupado, dando de beber a otros; que desde
allí se comunicó luego a la barrica de aguardiente y, con mucho peligro de ser
abrasado, salió el testigo a la calle y vio que en poco tiempo se abrasó la casa y,
como formaba esquina dicha casa a la calle Mayor y a la de la Pescadería vieja o
Puyuelo, prendieron fuego las ceras de las dos calles y ardía la mañana siguiente
casi toda la calle Mayor.
que él no vio dar fuego a más casas que a la de Soto, pero
oyó decir, entonces y aun después, que los mismos aliados así como a la de Soto
dieron también fuego a otras.
ha oído decir que a un carpintero, llamado San Juan, y a
otros impedieron los aliados el apagar el fuego en algunas casas.
ue a la suegra de don Manuel Riera le robaron a la salida
unas quantas libras de chocolate que llevara y ha oído decir que a otros hacían lo
mismo con los efectos que salvavan.

42.- Jose Vicente Echegaray, 38 años.

que salió de esta Plaza el veinte y nueve de Junio y so
mantuvo en Aya hasta el veinte y cinco dé Julio, en el que (73v) vio el malogrado
asalto de dicho día y, habiendo vuelto otra vez allí, se halló el treinta y uno de
Agosto a la vista de la Ciudad, en el monte de la Ulla, desde donde notó el asalto y
la entrada de los aliados en la Plaza al medio día.
al llegar al caserío
llamado Murrucha, donde había varios soldados del Regimiento Portugués número
21, uno de ellos le robó el relox de repetición que llevava, del valor de nueve
onzas; que fue a Pasages aquella noche, durmió allí y, al día siguiente, después de
comer, vino hasta San Francisco y la primera persona de las que salieron de la
Ciudad con quien habló fue la viuda de Echániz, la qual, habiéndole, preguntado el
testigo sobre la conducta de los aliados, se le hizo conocer que había sido atroz,
pues le aseguró que no eran hombres, sino perros, y que no era decente a una
muger referir los excesos cometidos por ellos; que de otros muchos ha sabido que
los aliados cometieron en la Ciudad todo género de violencias; que este desorden
siguió los días succesivos, pues que el testigo, que desde el día quatro hasta el diez
entró todos los días en la Ciudad a sacar algunos efectos y los libros y papeles de
comercio de la casa de Tastet, además de llevar orden por escrito de un general
ynglés para que le dexasen entrar, que no era fácil lograr, no se atrevió a entrar ni
a salir sin escolta que le custodiase y le costó buenos reales.
sólo su tía carnal doña Teresa
Vicuña, madre de don Martín Abarizqueta, el presbítero don Domingo Goycoechea,
don José de Magra, Martín Altuna, Vicente Oyanarte y otros que no tiene presentes;
los heridos solamente recuerda de Pedro Cipitria, Juan Navarro el Andaluz, que han
muerto de resultas.
fue causado por los aliados, pues que el mismo
testigo notó que, no habiendo fuego en las casas de enfrente del muelle, que
forman la manzana desde la Puerta de mar hasta la Aduana, el ocho de
Septiembre, inclusa su casa, número 28, ya la mañana siguiente notó desde San
Bartolomé que no existían los altos de su casa ni de las inmediatas y, habiendo
entrado en el Pueblo, vio que no habían quedado más que las pareces de toda
aquella manzana, lo que prueva que aquellas casas fueron quemadas por fuego que
se les aplicó el día anterior.
Al sexto, dixo que el día nueve, hallándose rendido ya el castillo, existían
intactos todos sus muebles en los almacenes de la casa de Tastet, que se ha
preservado del fuego, y, aunque pasó varias centinelas para su custodia, el diez no
existían ya la mayor parte y los mejores.

43.- Jose Ignacio Ausan, 39 años.
que se hallaba dentro de la Plaza durante el sitio y vivía con
una hermana suia y criadza en la Plaza vieja, frente a la muralla y desde ella vio el
asalto del treinta y uno de Agosto
a cuyo tiempo le dijo la criada
Juana Arsuaga quen no deseaba más que ver matar un francés, y, habiéndole dicho
el testigo que se asomase a ver a los franceses que acababa de matar una granada
al pie de su casa, salió a la, ventana y un soldado ynglés le disparó un tiro de bala
que le atravesó el hombro izquierdo y, habiéndola retirado a la cama, sintió que
estaban batiendo la puerta y, habiéndola. abierto, se le echaron unos portugueses
pidiendo dinero, poniéndole el fusil al pecho y, contextando que no tenía, vino a
socorrerle su vecino Simón Andrea, con quien emprendieron, dexando al
deponente;
los condujo a casa de José María Arreche en la calle de la
cárcel viexa y, descerrajando la puerta a balazos, sacaron dos caballos y dos
machos, de los que el uno trajo de diestro el deponente y en la Plaza vieja,
queriéndole herir un oficial con su espada, lo abandonó.
Que a la, noche entraron quatro oficiales yngleses con asistentes, que
permanecieron hasta, el día quatro, en que dieron fuego a su casa.
Que a su hermana un portugués le disparó un tiro, porque huyó al texado la
criada; distinta de la Juana herida, y que oía por la calle de atrás ayes y gritos de
mugeres.
ha oído decir haber habido muchos muertos y heridos,
que no los conoce, porque vino a avecindarse en este Pueblo llamado por su
hermana para que le cuidase la casa (75) quando iba a comenzar el sitio;
solamente puede decir que, yendo por la calle de Embeltrán, al anochecer del
treinta y uno de Agosto, le gritó la muger de José Larrañaga que acababan de
matar a su marido.
que el testigo notó fuego por primera vez en la calle de la
Escotilla, en casa del Sombrero Francés, y este fuego fue dado seguramente por los
aliados, pues que en las calles no se oía otra cosa, sino que a tal casa habían dado
fuego los yngleses, a qual casa han dado fuego los aliados, y aun él mismo vio dar
fuego.
que él mismo vio que entraron los yngleses en casa de don
Joaquín Yun y en la de Mayora el día quatro de Septiembre, a la mañana, y que
luego empezaron a arder dichas casas, y, antes de propagarse a ellas, empezaron a
arder las de la calle de Esnateguía y las de la Plaza vieja, inclusa la de Echagüe, y,
aunque el testigo y el carpintero Tomás Arsuaga lograron cortar el fuego que se
acercaba a su casa por la caballeriza de Plancha, no se pudo salvar la suya, pues
que su hermana le gritó dende la calle que saliese, que iban a dar fuego a la casa,
y, en efecto, entraron unos yngleses, le echaron de casa y al instante ardió con
todo lo que había adentro; que no reparó con qué combustibles, pero sí que el
fuego era extraordinario, pues apenas se veía el humo guando ardía toda la casa;
que una de las criadas le dijo que llevavan los mixtos enqendidos en una especie de
cernedero o acribador.
dixo que en los quatro días que permaneció el testigo reynó el
mismo desorden que en el primero y que, a la salida, robaron a una hermana suya
lo que llevaba y ha oído también que robaron a otros.

44.- Jose Joaquin de Zupiria, carpintero, 36 años.
que el día, del asalto se hallaba en su casa, sita en esta calle de
la Trinidad, a donde llegaron a eso de la una y empezaron a descerrajar las puertas
a balazos, y, habiendo abierto la suya, entraron unos yngleses y portugueses que,
con el fusil apuntado, empezaron a pedir dinero y, habiéndole reconocido y no
hallándole ni un maravedí, le dexaron;
que
desde el texado sintió en toda la noche alaridos y quexas de mugeres y vio que
también andaban huyendo por los texados.
ha oído nombrar hasta diez de los muertos y recuerda
sólo el presbítero don Domingo de Goycoechea, José Larrañaga, Felipe Plazaola,
Jeanora y el Alcayde carcelero, y de los heridos la criada de la señora viuda de
Mendizabal, que ha muerto a resulta del balazo, la madre de doña Carmen
Zurbano, que en el atrio de San Vicente la encontró el testigo con el muslo roto y la
recogió a casa de San Martín.
que este incendio fue causado por los aliados,
pues que él mismo les vio pegar fuego a dos casas.
dixo que desde la casa de San Martín vio, no sabe fixamente si
era el día tres o quatro de Septiembre, que unos portugueses con gergones y broza
que trageron del Arsenal de San Telmo y a más caxones vacíos en que suelen venir
fusiles, dieron fuego al Palacio del Conde de Villa-Alcázar, situado en esta calle,
enfrente del Arsenal, aplicándolo por la bodega, y, viendo que no hacía progreso
por alli el fuego, le aplicaron a la noche por la primera habitación; que también vio
dar fuego a la casa de la señora viuda de Mendizabal, esparciendo primero pólvora
ñen las escaleras y arrojando luego sobre ella una como cuerda o mecha encendida
de modo que al instante salió una grande llamarada y al instante se quemó y cayó,
así como la inmediata de Berbeder, a la que, aunque vio arder, no vio dar fuego
como a las otras (76v) dos citadas, y observó todo de la casa de San Martín, que
está enfrente de ellas.
que lo que sabe es por haber oído a dos carpinteros, de los
quales conoce solamente a uno, llamado Carlos, que, habiéndose puesto a cortar el
incendio de una casa contigua a la del testigo, se lo estorvaron los aliados,
haciéndole retirar; que esto le dixeron al testigo en su propia casa, donde se
metieron por el texado en el punto mismo en que les acabava de succeder este pa
sage.
pero lo que sabe, por
haberlo visto y no haber salido nunca del Pueblo, es que duró el saqueo y el robo
mientras hubo efectos que robar y aun después de la rendición del castillo.
que un oficial portugués dixo al testigo y a otros que a estas casas no
se quemarían, porque las necesitaban para su alojamiento.

45.- Esteban Recalde, 21 años.
antes de formalizarse el sitio, salió de la Plaza y,
habiendo permanecido en Zubieta, vino a las inmediaciones (77) de la Ciudad y vio
el asalto desde el monte Ygueldo, y, habiendo baxado después de comer, cerca del
Antiguo vio venir un montón de cazadores yngleses y portugueses,
Que el día siguiente, primero de Septiembre, vino azia el camino de San
Bartolomé y vio que continuaba el saqueo y también a un montón de familias que
salían de la Ciudad, desfiguradas, desarropadas y cuya vista causaba lástima, de
quienes supo que la conducta de los aliados había sido la más atroz y cruel, pues
no sólo saquearon, sino que hicieron muertes, hirieron a muchos y violaron casi a
todas las mugeres.
Domingo de Goicoechea, de dota Xaviera Artola, don José Magra y
José Larrañaga; de los heridos, de Pedro Cipitria y Juan Navarro, que han muerto a
resulta de las heridas.
que le parece era el día seis de Septiembre, al salir fuera de
la Ciudad, a donde vino, así como el quatro, a salvar algunos efectos y papeles de
su principal, vio, al pasar con la criada de su casa por la inmediación de la Aduana,
que muchos yngleses subían por las escaleras, llevando alguna cosa en las manos,
que no distinguió, y que otros daban fuego por la puerta de dicha Aduana, la que se
quemó; que no observó de qué combustible se valieron.
que ha oído al carpintero José Antonio Aguirrebarrena que,
habiendo ido a apagar una casa de don Joaquín Yun, se lo estorvó un portugués.
que a su principal don Bartolomé de
Olozaga, le robaron cosas (77v) de mucho valor, escondidas en un secreto, las
quales existían el día quatro y no las pudieron sacar, porque, habiéndose
presentado al General Graham, a una con don Santiago Zatarain, a pedirle orden
por escrito para permitirles la entrada, no pudieron conseguir de él dicha licencia.
Que, a los quince días, después de la rendición de la Plaza, robaron unos
portugueses, según ha oído públicamente, algunas caxas de azúcar del almacén de
don José Antonio Eleicegui y también barras de fierro del mismo almacén, y que,
habiéndolas reclamado dicho don José Eleicegui al capitán de un Bergantín de
guerra ynglés, a cuyo bordo se llevaron, le dixo que no reconocía otro dueño que al
Lord Wellington.

46.- Manuel Biquendi, practicante de cirujía de los Exércitos Nacionales, 33 años.

dixo que se halló dentro de la Plaza durante el sitio y fue el que,
como facultativo, cuidaba de los heridos y enfermos yngleses y portugueses,
hechos prisioneros el veinte y cinco de Julio por los franceses, así como su muger
hacía de enfermera y les lavava los pies y prestava otros auxilios por vivir
inmediatos a la Parroquia de San Vicente, donde se hallaban dichos prisioneros.
Que los aliados entraron en la Ciudad y, a la vista de la casa dal testigo,
entre doce y media y una del treinta y uno de Agosto, y, guando se asomaron por
la calle de la (78) Zurriola azia la barricada que tenían formada los franceses al pie
de su casa, la muger del testigo animó a los aliados, haciéndoles seña con el
pañuelo, que abanzaran, porque habían huido los franceses; que, habiendo pedido
agua, no sólo se la dieron, sino también aguardiente y vino, y, por haberles
prevenido cerrasen las puertas y ventanas, porque acaso volverían a atacar los
franceses, lo hicieron así y, después de un tiro de cañón que dispararon los
franceses desde el atrio de Santa María, con lo que se retiraron, sintió tiros sueltos,
que al principio creyó sería nuevo ataque, pero luego conoció que se dirigían a los
habitantes, porque oyó gritos y quejas del uno que decía le habían muerto el hijo,
otro que al padre; que, a poco, sintieron voces de la impresora que, vecina por la
parte del patio y habiéndose asomado marido y muger e hijas una ventana, un
ynglés, desde la de enfrente, apuntó el fusil, a cuya acción se agachó el deponente,
pero su muger, que se detuvo a decir que era española, fue alcanzada del tiro que
disparó dicho ynglés, atravesándola con una bala la tetilla derecha; que, ya difunta
al golpe mismo, la tendió sobre la cama y, hallándose en esta triste situación, que
la aumentaban las lágrimas y sollozos de sus hijas y sobrina, vino un portugués del
Regimiento de la muerte e, informado de la causa de su tristeza, lejos de causarle
compasión, le dixo que igual suerte que su muger había de tener el deponente y,
en efecto, cebó el fusil para dispararle, a cuyo tiempo, una, de las hijas llamó a un
portugués de los heridos prisioneros favorecidos y cuidados por el testigo y su
muger y aquél agarró el fusil y lo descargó disparándolo a la calle; que luego entró
un ynglés borracho que, sin hablarle palabra, disparó un taxo a la cabeza con un
sable largo que tenía en la mano y pudo huir del golpe ladeándose; que luego
entraron otros y un soldado ynglés arrebató en brazos a una hija suya de catorce
años y la tumbó en la cama sobre el cadáver de su misma madre y se tiró sobre
ella para gozarla, de cuya violencia le liberó aquel mismo (78v) portugués
prisionero, que a un vecino suyo, llamado Joaquín Aramburu, le quisieron también
matar y por todas partes no se oían sino ayes y gritos; que, por mediación de un
coronel portugués, a quien unas vecinas informaron de los servicios que el testigo
tenía hechos a los prisioneros de dicha nación y a los yngleses, consiguió enterrar
el cadáver de su muger en San Telmo y, cumplido este deber, salió con sus hijas y
sobrina de la Ciudad, a la madrugada de primero de Septiembre.
dixo que no sabe el número fixo de los muertos y heridos, que,
además de su muger, tiene presentes al presbítero don Domingo de Goycoechea y
a una criada suya; que el mismo deponente, cuando salió de la Ciudad, al que hace
de Hospital de la misma tras del Antiguo fue llamado a curar y curó a muchos
heridos que ahora no tiene presentes, a no ser a Pedro Cipitria, y Juan Navarro,
que murieron a resultas de las heridas.
dixo que él mismo vio robar a la salida de la Ciudad a un
chocolatero lo que salvó del saqueo y el deponente y su familia se libertaron de lo
dixo que él mismo vio robar a la salida de la Ciudad a un
chocolatero lo que salvó del saqueo y el deponente y su familia se libertaron de lo
mismo por el oficial que les escoltaba; que ha oído que otras muchos fueron
robados en las inmediaciones y caminos cubiertos.
mismo por el oficial que les escoltaba; que ha oído que otras muchos fueron
robados en las inmediaciones y caminos cubiertos.
dixo que tampoco vio ni ha oído que ningún soldado aliado fuese
castigado por los excesos cometidos en la Ciudad, pues, lejos de contenerlos los
oficiales, un teniente ynglés le robó el relox, unas quantas pesetas que tenía y la
bolsa de los ynstrumentos de cirugía.

47.- Joaquin Arritegui 42 años.

que vivía en una casa de la calle Mayor y desde ella vio
entrar a los aliados, azia el medio día del treinta y uno de Agosto, persiguiendo a
los franceses, que huyeron al castillo después de la corta resistencia, y al instante
empezaron los aliados a tirar tiros a las puertas y ventanas y aun dispararle al
deponente, que se asomó a una ventana, pasándole la bala muy cerca;
que luego
empezaron a saquear todas las casas, entraron en la del testigo, robaron quanto
había y lo menos hasta doce veces sacudieron y maltrataron al deponente a
culatazos, derribándolo en el suelo y poniéndole el pie en el pescuezo, y, por fin,
tubo que esconderse en el desbán y aun allí le persiguieron y maltrataron; que vio
a varias mugeres, de cuyo nombre no se acuerda, aunque las conoce de vista,
tirarse al patio y esconderse en los comunes, huyendo de los soldados que las
querían forzar, y vio también que derribaron a algunas a culatazos en el suelo; que
aquella noche se oían muchos ayes y (79v) lamentos por todas partes, y,
finalmente, atemorizado en vista del desorden que reynaba el día siguiente y el dos
y del fuego, salió al medio día de este último día.
que deben ser muchas las personas muertas por los gritos
y quexas que oyó por todas partes y el mal trato que vio dar; que, en su concepto,
el haber quedado sepultados y quemados en las casas es la causa de no saberse de
positivo el número de ellos; que tan solamente recuerda del presbítero don
Domingo de Goycoechea, de Campos, de José Larrañaga, el cnocolatero; que vio
una muger muerta en la cocina de la casa del corral, en la calle Mayor, a donde se
refugió, huyendo azia el medio día del primero de Septiembre, y también otra en
una casa de enfrente de San Vicente, en una cama, medio quemada; que vio
también infinidad de mugeres estropeadas y contusas en la cara.
al amaneceer del día primero de Septiembre, estando
extrahiendo los muebles de don Manuel brunet, sintió un gran tiro en la casa de
Michelena y que, al instante, salían llamas de una de las habitaciones altas y, en
seguida, baxaron corriendo cinco soldadeos aliados de la misma casa;
habiendo ido su muger a quejarse a un gefe que vivía en las inmediaciones, le
siguieron por detrás para sacudirla y este gefe los dispersó por entonces y no tubo
progreso el fuego,
el deponenete vio que para la casa de la esquina de la calle Mayor se
valieron de una como pelota blanca, a la que dieron fuego, separándose, e hizo un
gran ruido al reventar y al intante se esparció el fuego.
que al mismo testigo, que por orden de don Manuel Brunet
quiso apagar el fuego que se iba a comunicar de una casa inmediata, se lo
estorvaron soldados de vestido encarnado y azul y le echaron con amenazas,
diciendo que todas las casas se habían de quemar.

48.- Jose María Bigas Presbitero, 30 años.

Que, habiendo sido llamado el deponente a las nueve y media, poco más o
menos, del día treinta y uno de Agosto al hospital provisional de esta Ciudad a
administrar la Santa Unción a una enferma,
tubo
a bien de aceptar el convite que le hizo de su habitación y mesa el señor don
Joaquín Santiago de Larreandi, presbítero beneficiado de ésta, creyéndose en todo
evento muy seguro a la sombra del mayor bienhechor que tubieron los prisioneros
aliados durante su prisión, pero quedaron burladas sus esperanzas y el deponente,
admirado al ver en un instante robar en su misma presencia todo lo que había de
provecho en la habitación de dicho señor y pasar succesivamente a maltratar a las
personas, matando al Alcaide José Ygnacio de Elizalde y amenazando por tres veces
al testigo: primero quando un granadero portugués agarró de la levita al difunto
Elizalde con el fin de separarlo de su muger y familia, conociendo sus intenciones
se metió de por medio, suplicando a dicho granadero suspendiera la execución de
su proyecto contra dicho Elizalde hasta justificar eran ciertas y bien fundadas las
quejas de los prisioneros contra el dicho, pues de lo contrario ninguna seguridad
podía tener el hombre más virtuoso en su honrado proceder ni efecto las más
sabias leyes establecidas para mantener el orden y proteger la inocencia, si un
malvado con un falso testimonio pudiese, por quejas particulares, matar
impunemente a su enemigo; que esta súplica, acompañada de esta libre y bien
fundada reconvención que creía haría alguna fuerza, principalmente haciéndola uno
que (aunque indigno) es ministro del Señor, produxo un efecto del todo contrario,
pues, no contento con haberle injuriado de palabra, empezó a preparar la arma
para matar al deponente, el que, no obstante, insistió (81) en exponerle la
deplorable situación a que iba a reducir a aquella pobre familia, que él, entonces
más furioso, encaró el fusil al testigo, el que no tubo más remedio que pedir a
algunos soldados portugueses intercedieran con el agresor a fin de salvar la vida al
mencionado Elizalde; pero, habiendo conocido en el lloro y desconsuelo de la pobre
muger y familia del difunto fueron infructuosas todas sus diligencias, pasó a
socorrer al moribundo Elizalde con los auxilios espirituales, administrándole los
Santos Sacramentos de la Penitencia sub-conditione (por haber quedado sin habla
con los fuertes golpes que le dieron) y el de la Extrema Unción, en cuyo momento
se vio por segunda vez el deponente expuesto a perder la vida.
encaró el
fusil al exponente y, si no hubiera sido por las mugeres con su lloro y dándole el
poco dinero que tenían pudieron detenerle, que aquel hubiera sido el último
momento de su vida; en este tiempo, habiendo al aposento donde se hallaba el
presbítero don Joaquín Santiago de Larreandi con el santo fin de auxiliar al
moribundo Elizalde y socorrerle con un poco de vinagre y vino generoso, que su
caridad pudo proporcionarle por consejo de los de la casa, salió a otro aposento,
pero cuál fue su dolor al ver entrar a breve rato en el mismo aposento al anciano
señor don José Joaquín de Echanique, presbítero beneficiado, jubilado de ésta,
quien, habiendo sido amenazado, pudo por una casualidad escaparse, abandonando
su casa y refugiarse a la cárcel, en cuya compañía se vio por tercera vez
amenazado el deponente.
encaró el fusil y pudo el deponente huir del golpe por haberse metido de
por medio los señores que le acompañaban al testigo y haber burlado de este modo
las ideas del soldado, quien descargó su rabia, disparando a la pared.
Que fue grande el dolor que sintió su corazón sin poder saber de ningún
modo la suerte de su pobre padre, pues, en vista del mal trato que le dieron, le
consideraba en el otro mundo;y, aunque salió de este cuidado al tercer día,
guando se reunieron en Rentaría, no obstante quedó su interior afligido, viéndole
con el brazo vendado a resultas de tres bayonetazos que le dieron los aliados el
segundo día del asalto.
ha sabido de positivo ha perdido una parte muy
considerable del vecindario de esta Ciudad parte en el incendio y parte de manos
de los aliados.

Continuación de la Ynformación en la villa de Pasages

49.- Miguel Agirre (29-10-1813), 40 años, Pasages.
fueron muertos Vicente Oyanarte, a quien ni
aun quisieron permitir enterrarle, Felipe el chocolatero, el mozo de José el de
Ataun, don Domingo de Goicoechea, sacerdote (84), y su dueña; y herido el mozo
de la Posada de San Juan Ygnacio Gorostidi y otros.

50.- Antonio María de Iraola, 34 años, 29-10-1813, Pasages.

Que al declarante,
sobre haverle quitado quanto tenía, le trataron muy mal y le cominaron con la
muerte diferentes veces, porque les enseñase dónde havía dinero.
Al segundo, dijo que sabe que en aquel desdichado día fueron (84v) muertos
Felipe el chocolatero, Vicente Oyanarte, don Domingo Goicoechea, sacerdote, y su
ama, y otros que no recuerda, y que algunos hubo eridos y muchos maltratados.

51.- Joaquín Vázquez, 22 años, 29-10-1813, Pasages.

que le maltrataron
sobre manera por elo fin de que les manifestase en dónde se encontraría dinero y
que, al fugarse de sus manos, le tiraron hasta tres tiros.
fueron muertos Felipe el
chocolatero, Vicente de Oyanarte, don Domingo de Goicoechea y su ama, y que
también hubo algunos heridos.
respondió que el declarante y otros les embarazaron apagar el
incendio de una casa los portugueses.

52.- José de Echeverría, 29-10-1813, Pasages.

guando entraron los aliados en San Sevastián,
salió al balcón y a luego tubo que retirarse, porque le tiraron varios balazos; que en
su casa todo fue robo, saqueo y maltratamiento, y que, según tiene entendido, lo
mismo sucedió en toda la Ciudad.
fueron muertos Vicente Oyanarte,
Felipe el chocolatero, el criado de José de Ataun, don Domingo Goicoechea y su
ama; y heridos el mozo de la Posada de San Juan, Ygnacio Gorostidi y criada de
Marcos de Lafont.

53.- Antonio de Alberdi, 47 años, 29-10-1813, Pasages.

Que quando las tropas aliadas entraron en la Ciudad de San Sevastián,
cometieron los mayores excesos, robos, saqueos y violencias hasta matar y herir
impunemente a sus havitantes, al paso que a los enemigos que cogieron los
trataban con la mayor atención; que al declarante, después de haverle despojado
de guardo tenía, el relox de faltiquera, dos onzas y media y otras monedas de plata
que traya consigo, le desnudaron y, puesto de rodillas, resolvieron matarle y lo
evitaron a fuerza de los tristes clamores de su mugar; que, haviendo librado de
este lance, tubo que andar errante por los tejados a una con dos hijas suyas.
que los muertos en esta ocasión son José Larrañaga,
Felipe Plazaola, Domingo Goicoechea y su dueña, y heridos el declarante, Martín
Echave y otros, así muertos como heridos, que no recuerda.

54.- Agustín de Ramón, 24 años, 2-11-1813.
que las tropas aliadas entraron en la Ciudad de
San Sevastián, a pesar de que sus havitantes se les presentaban contentos y
liberales, como a sus libertadores, cometieron y continuaron cometiendo toda clase
de excesos y violencias, saqueando, robando, violando, hiriendo y aun matando a
varias personas; que el declarante, con otras once personas, pudo salbarse en una
bodega y que una criada, que se descuidó, tubo que sufrir toda clase de
maltratamiento y violencias, como igualmente un carpintero, que a la sazón se
hallaba en casa; que, según tiene entendido, su conducta fue igual los días
sucesibos hasta que enteramente quedó abrasada la Ciudad, ecepto algunas casas.
Al segundo, dijo que tiene entendido fueron muertos en aquel lance José
Larrañaga, Felipe Plazaola, don Domingo Goicoechea, sacerdote, y la dueña, y
Martín Echave y otros.

55.- Juan Bautista Goñi, 67 años, 2-11-1813.

quando los aliados (88v) entraron en la Ciudad,
sus havitantes, llenos de jóvilo y con vivas aclamaciones de contento, salieron a
recibirles, pero que, a luego tuvieron que retirarse, porque les trataban peor que a
sus enemigos; que fue horroroso el saqueo aquel día, su noche y días succesibos
hasta que hubo qué robar, muchos los atropellamientos, violencias, muertes,
heridas y violaciones; que en la casa en donde se hallaba el declarante entraron
primeramente los yngleses, quienes le despojaron de quanto tenía y le maltrataron
hasta conminarle con la muerte a fin de que manifestase más dinero; que, a luego
que éstos salieron, llegaron los portugueses y tubo que sufrir de ellos iguales
violencias, y que así siguieron todo el día la alternatiba.
Al segundo, respondió que tiene entendido fueron muertos en aquel lance
don Domingo de Goicoechea, sacerdote, y su dueña, Marcon Lafon y su ama, la
muger del cirujano, llamado Biquendi, Felipe el chocolatero, el herrador, que asistía
a la Posada de San Juan y otros muchos así barones como hembras y heridos el
mozo de la misma posada de San Juan y otros varios.

56.- José Antonio de Zabala, 44 años.

respondió que los aliados, quando entraron en la Ciudad
de San Sevastián, obserbaron la conducta más cruel y horrorosa, porque todo fue
saqueo, violación de mugeres, maltratamientos, violencias, heridas y muertes, y
que lo mismo continuaron los días sucesibos; que al declarante, después de haverle
quitado quanto tenía, determinaron quitarle la vida y se libertó con una herida leve
en la tetilla yzquierda.
Al segundo, respondió que fueron muertos en aquella ocasión Felipe el
chocolatero, don Domingo Goicoechea y su ama, el carcelero o Alcalde, Janora;
heridos, el que llamaban espadero y otros muchos, así varones como embras.

57.- Jose Mateo Abalia, 42 años

que la conducta que observaron las tropas aliadas con
los vecinos de San Sevastián el día del asalto, en su noche y días succesibos fue
muy horrorosa, pues, sobre haver abandonado los tristes havitantes sus haciendas,
no podían salvar sus vidas.
Al segundo, respondió que entre las personas muertas en aquella ocasión se
cuentan Felipe el chocolatero, Vicente Oyanarte, don Domingo Goicoechea y su
ama y otros muchos heridos y maltratados.

58.- Ignacio Gorostidi, 2-11-1813, Pasajes.

dijo que es casi imposible el pintar la horrorosa y cruel conducta
que observaron los aliados con. los vecinos en San Sevastián el día del asalto, su
noche y días succesivos, que por todas partes no se oyan sino clamores de
hombres, mugeres y niños; que al declarante, después de haverle robado quanto
tenía, le hirieron por tres partes, a una niña suya de ocho años la hirieron también
en la cabeza y le llebaron un dedo de un balazo y a otra niña de cinco días la
tiraron de su cuna y le huvieran muerto, si los clamores y súplicas de algunas
mugeres no la hubiesen arrancado de sus manos; no contento con esto, añade que
le ataron y, teniéndole apuntado con un fusil, la forzaron a su presencia; que
iguales violencias cometieron con todos los de (92) casa sin tener la menor
consideración con los menores.
Al segundo, respondió que sabe que fueron muertas tres mugeres en la calle
de Toneleros número 275, José el chocolatero, Campos el que cuidaba del
alumbrado, el nombrado Pelucas o Altuna, con otros muchos, y heridos dos
mugeres, que vivían inmediato a su casa, la Micaela, cuñado del nombrado Conde,
con otras infinitas personas.
que al
declarante, al tercer día, le quitaron, en el que fue Barrio de San Martín,
extramuros de la Ciudad, tres mil y quinientos pesos, dos reloxes, uno en oro y otro
de plata, y otras alajas.

59.- Domingo Conde,46 años, 2-11-1813.

respondió que son inesplicables los horrores que cometieron las
tropas aliadas en la Ciudad de San Sevastián (93) y sus havitantes el día del asalto,
su noche y días sucesibos; que al declarante, atado con una cuerda por el
pesquezo, le condugeron por todas las calles, enseñándoles dónde se hallaba
aguardiente y demás cosas; que a tiros batían las puertas y ventanas que hallaban
cerradas; que le despojaron hasta el extremo de quitarle la camisa y salió herido de
bala y bayoneta, y que lo mismo hicieron con todos los de su casa y otras muchas,
hasta dejar desnudas a las mugeres; que su cuñada salió con dos balazos, el uno
por la mano, del que ha quedado inutilizada, y la otra por la espalda.
Al segundo, respondió que son y fueron muchas las personas que fueron
muertas y heridas aquellos días y recuerda de Campos, el hermano de la viuda de
Magra y el suizo.

60.- Vicente Conde,53 años, 2-11-1813.

quando las tropas aliadas entraron en ella, así de día como de
noche, y posteriormente fueron casi generalmente víctimas y mártires de sus
horrores y crueldades que cometían; que el declarante fue cruelmente arrastrado y
le tiraron diferentes balazos; que vio a una muger, que vivía en casa de la viuda de
Arrayave, de setenta años de edad, poco más o menos, abierta en canal desde su
parte más vergonzosa hasta la caveza, y a este modo otras varias crueldades y
escenas horrorosas.
Al segundo, dijo que entre los muertos se cuentan la citada muger, don
Domingo de Goicoechea, su ama, Campos, José el chocolatero y otros, y heridos o
maltratados (94v) casi todos los que no hubieron alguna guarida segura para
escaparse del furor de los aliados.

61.- Mariano Joaquín de Carril, 2-11-1813, Pasages.

a luego que entraron los aliados en la Ciudad y días
sucesibos, observó varias violencias y atrocidades metieron como forzar, maltratar,
robar y saquear.
Al segundo, respondió que, al amparo del deponente y otros de la casa en
donde estaba alojado, condugeron de la vecindad una moza mal herida de cuya
resulta ha muerto y que a las personas que la condugeron oyó decir que, después
de herida, fue forzada, y ha oído también que han muerto otros.

la misma noche vio dar fuego por ellos con un tizón
encendido y una vela en la mano al almacén de don Antonio de Betbeder, en donde
con otros permaneció (95v) durante el sitio y havía colchones, muebles y fardería.
guando los aliados estaban cometiendo
atrocidades, les impedían los gefes, sacudiendo con sables desembainados, pero
que los soldados no obedecían.

62.- Eusebio Garbuno, 25 años, 2-11-1813, Rentería.
vio que el día del asalto, en su noche y días
sucesibos, por las tropas aliadas forzaron varias mozas dichas tropas, como
también a las mugeres, especialmente a tres criadas que vinieron refugiadas a la
casa en donde havitaba el declarante, pues se introdugeron en ella (96v) la misma
noche del asalto, según hace recuerdo, hasta siete u ocho soldados yngleses y
portugueses, los que violaron a las citadas tres criadas y en seguida saquearon
toda la casa, haviéndole disparado un tiro de bala al hermano del testigo, que
estaba en la misma casa, uno de dichos soldados, que le pasó por la levita, y al
testigo le dieron varios golpes con los fusiles.
presbítero don Domingo Goicoechea, beneficiado de sus
Parroquias unidas, y el posadero Carlos Janora, que fueron muertos, y herida la
criada de la casa de la viuda de Mendizabal, que con su herida vino a la casa del
testigo.
a las tres o quatro horas después del asalto, se
presentaron frente a la casa del testigo varios soldados portugueses e yngleses, los
quales a la bodega de la referida casa descargaron los fusiles que traían cargados
con bala e inmediatamente prendieron fuego los fardos de lencería (97) que
existían en dicha bodega, en cuyo tiempo, haviéndole pedido el testigo a varios
oficiales yngleses y portugueses auxilio para apagar el fuego que ellos mismos
veían por la calle, no le hicieron caso; en vista de esto, el testigo pudo que valerse
de los domésticos de su casa para apagar el fuego, que, por fin, pudo conseguir;
que el siguiente día obserbó que varias casas estaban incendiadas y, haviendo
preguntado a diferentes personas qué es lo que ocurría, le contestaron que los
yngleses estaban dando fuego a todas las casas expresamente, Es quanto debe
decir en orden a este artículo.
después que evaquaron la
Plaza los enemigos y subieron al castillo, cometieron los aliados dentro de la Ciudad
y a su salida algunas violencias, las que son forzar a varias mozas y mugeres,
robaron quanto pudieron encontrar e hicieron lo mismo con los havitantes de la
Ciudad, en los extramuros (97v), que salieron de miedo,

63.- Juan Antonio Azpiazu, 40 años, Rentería, 2-11-1813.

vio que a
luego que entraron dichas tropas en ella empezaron a tirotear a todo zaguán y
ventana de casas que estaban cerradas, y lo mismo hera habrir las puertas de
zaguanes y ventanas por los havitantes entravan en ellas los aliados, saqueavan
todo quanto encontraban y a toda moza y muger que se hallaba, fuese vieja o
joven, forzavan o las violentaban y algunas de ellas mataron por haverse resistido,
y cometieron otras atrocidades.
mataron las tropas aliadas a varios havitantes de ella y señaladamente al presvítero
beneficiado don Domingo Goicoechea, Juan Navarro, Carlos Janora, el presbítero
Egaña y a una muger llamada Carmen, cuyo apellido ignora e hirieron a otras
personas.
especialmente el hijo del difunto Soto y don Juan José de
Garnier, diciendo que a sus casas les dieron fuego o que estaban incendiadas y que
se tomase alguna providencia para apagar el fuego.
En vista de esto, los yndividuos del Ayuntamiento le suplicaron a varios
gefes de las tropas aliadas que a la sazón estaban en la misma sala, a fin de que
tubiesen a bien de dar algún auxilio para apagar el fuego, pero los tales gefes se
negaron a dar auxilios para apagar el fuego y no se atrevía ningún havitante a salir
a la calle por el miedo que tenían que fuesen robados, muertos o tratados por los
aliados

64.- Bernardo Armendariz, 36 años, Rentería, 2-11-1813.

ser natural y vecino de la Ciudad de San
Sevastián se mantubo en ella en todo el tiempo que estubo sitiada esta Plaza por
los aliados y vio que el día que asaltaron éstos en su noche y días sucesibos fueron
varias (99v) mozas y mugeres, sin distinción ninguna que fuese vieja o joven, que
para el efecto, al momento que entraron en la Plaza los aliados, empezaron éstos a
tirotear a todo zaguán y ventana de casas que estaban cerradas y, a luego que los
havitantes los obrieron las puertas, se introdugeron en ellas y, no contentos con
haver forzado, saquearon todo quanto encontraron en dichas casas y a varias
mataron por quanto se resistieron, y cometieron otros excesos.
mataron a otros havitantes dichos aliados y señaladamente al presbítero
beneficiado don Domingo Goicoechea, Juan Navarro, Carlos Janora, al presbítero
Egaña y a una muger llamada Carmen, cuyo apellido ignora;
dijo que la misma noche del día del asalto, estando el testigo en
la Sala Concegil de dicha Ciudad, vinieron a dar parte a su Ayuntamiento varios
havitantes y especialmente el hijo del difunto Sorat, el lizdo. don Miguel Vicente
Olaran y don Juan José Garnier, diciendo que sus casas estaban incendiadas y que
se tomase alguna providencia para apagar el fuego (100). En vista de esto, los
yndividuos del Ayuntamiento le suplicaron a varios gefes de las tropas aliadas, que
a la sazón se hallaban en la misma sala, a, fin de que tubiesen a bien de dar algún
auxilio para apagar el fuego, pero los tales gefes se negaron a ello; y no se atrevía
ningún havitante a salir a la calle por el miedo que tenían que fuesen robados,
muertos y maltratados por los aliados

65.- José Bernardo de Echagüe, doctor, 40 años, 25-10-1813, Tolosa.

dijo que las tropas aliadas obserbaron la conducta de
unos enemigos en los vecinos de San Sevastián, pues que en su persona y demás
familia no vio más que robos, golpes, tiros de fusil, viéndose precisado a abandonar
su casa y refugiarse a la casa donde se alojó el General ynglés para de este modo
salvar su vida y la de su familia.
A la segunda, dijo que tan solamente (103) vio y estubo toda la noche con la
muger de un chocolatero, a quien mataron las tropas aliadas. Que además mataron
a un beneficiado del mismo cavildo, que, según voz pública, salió al balcón, lleno de
alegría, gritando ¡ Viva! ¡ Viva! con un pañuelo en la mano.
Que también ha oído decir que han sido muertas otras muchas personas,
pero que no puede asegurar quántas y quáles.

66.- Angel Llanos, 33 años, 25-10-1813, Tolosa.

hallándose
refugiado en su casa desde el veinte y quatro de Julio anterior con José Joaquín
Mendía, residente entonces en aquella desgraciada Ciudad, vecino de esta villa, en
la noche indicada del día treinta y uno de Agosto iban los dichos corriendo casa por
casa, cometiendo toda clase de excesos, haviendo llegado a la del testigo hasta
unos seis yngleses, que al momento empezaron querer robar quanto havía y a
forzar a las mugeres, presentándose para ello en la postura (104v) más
escandalosa, amenazando a todos con la muerte.
Que el testigo, a la vista de un succeso tan inesperado, corrió escapándose
como pudo a la casa del alojamiento del General ynglés y, hallándole, le hizo
relación de todo y dispuso el General se destinase una guardia de un sargento y
cinco hombres; que a este tiempo, ínterin se comunicaban las órdenes para
disponer la guardia, salió el General de su casa y, como tomó dirección para ir a la
del deponente, le siguió y, al llegar a ella ambos, salió a la puerta el expresado
Mendía, suplicando al testigo que por Dios digese al General que los soldados
havian robado y todavía estaban robando quanto hallaban, especificándole un baúl,
propio del referido Mendía, en el que tenía cincuenta y seis pares de cubiertos de
plata, dos cucharones grandes de lo mismo y sobre treinta onzas de oro en dinero;
que el testigo puso todo ello en noticia del General ynglés, quien en su
consecuencia entró en la casa y, subiendo la escalera para el primer piso, encontró
en ella a dos soldados que bajaban por la misma con parte del pillage y,
haviéndoselas demostrado Mendía y, a su insinuación, también el testigo
desembaynó el General (105) ynglés el sable que llebaba y empezó a sacudir a los
dos soldados de plano sobre las mochillas y, a pesar de que el indicado Mendía
insistía en sus aclamaciones al General de que dichos soldados llebaban parte de la
plata y dineros contenidos en el citado baúl, no les quitó el General, sino que,
bolviendo a Mendía y al testigo la cara, les dijo así: «Si los franceses les huvieran
llebado a Vms. todo, hubieran tenido que tener paciencia.
Que en seguida subió el General a la dicha havitación, en donde se halló con
el resto de los soldados y, aunque el deponente y Mendía le ynformaron que
aquéllos tenían también consigo porción del robo y veía todo desbaratado por el
suelo, sólo se contentó con sacudirles con el sable de plano y hecharlos fuera de la
casa sin quitarles lo robado, pues que lo llebaron consigo, ha-viendo perdido
Mendía los dos cucharones de plata, los quarenta y dos de los cincuenta y seis
cubiertos de lo mismo, todo el dinero y otros efectos de valor, que contenía el baúl,
y el testigo igual-mente dinero, alhajas y otras cosas; deviendo Mendía el rescate
de los catorce pares de cubiertos con que quedó al descuido de uno de los soldados
que ya los tenía y se los dejó (105v) caer, medianamente borracho, y a su propia
diligencia en recogerlos.
Que, como los soldados havían sido hechados por el General, fuese por esto
o porque pudo acordarse el de los catorce pares de cubiertos de su falta, bolvieron
después aún más encarnizados que antes y empezaron por el mismo estilo que al
principio, amenazando con la muerte a todos, por lo que cada qual procuró salbarse
en el rincón que pudo, y el testigo, decidido ya a llebar su suerte, se tendió para la
escalera y corrió en busca de la guardia del sargento y cinco soldados que el
General dispuso se le diese y, haviéndola hallado pronta, la tomó consigo y bolvió
con ella a su casa sin perder instante, cuya casualidad seguramente libertó la vida
a Mendía, y a los demás de la familia del testigo, porque la guardia hechó fuera a
los soldados.
Que igual conducta obserbaron los aliados hasta el medio día del viernes
tres de Septiembre, en que el testigo salió de la Plaza, porque no se respetaba a
clase ninguna de muger, hasta forzar a algunas en la mitad de la calle, de noche,
causando ellas con sus alaridos y clamores la escena más orrible, como lo vio el
testigo; haviendo sido sacado por la fuerza de su casa para que enseñase las casas
ricas para robarlas.
que una de las
personas muertas por las tropas aliadas fue un mozo criado de la Posada de San
Juan, en la casa inmediata (106) a la que vivía el testigo, y que el compañero de
aquel mozo muerto, llamado Manuel, fue herido con dos balazos.
Que el testigo fue también, herido por los yngleses en el pie yzquierdo con
bayoneta, porque, guando le sacaron de su casa a que les enseñase las casas ricas,
no les enseñaba ni allanaba las puertas.
sabe que también fue muerto un chocolatero,
como así bien un beneficiado anciano, que, engolfado y lleno de alegría por la
entrada de los aliados en la Plaza, salió al balcón con un pañuelo en la mano
gritando Viva! ¡Vival

67.- José Joaquin Mendia, 46 años, Tolosa, 25-10-1813.

puede asegurar y asegura
que, hallándose él mismo refugiado en la casa de don Angel Llanos desde el veinte
y quatro de Julio anterior, en la noche precitada del treinta y uno de Agosto iban los
aliados corriendo casa por casa, cometiendo toda clase de excesos; y que, haviendo
SAN SEBASTIAN INCENDIADA, LUIS MURUGARREN ZAMORA
entrado a la expresada de Llanos hasta unos seis yngleses, empezaron al momento
a querer robar quanto havía y a forzar a las mugeres, presentándose para ello en la
postura más escandalosa y amenazando a todos con la muerte.
Que el deponente quedó atónito con un subceso tan inesperado así como el
indicado Llanos, quien salió fuera de casa, a todo correr, quedando el testigo en
ella, no pudiendo contener a los yngleses que, rompiendo baúles y todo quanto
encontraban cerrado, se entregaron al pillage, siendo lo que más le comovió el ver
violentar un cofre que tenía en dicha casa con dos cucharones de plata, cincuenta y
seis pares de cubiertos de lo mismo y más de treinta onzas de oro en dinero dentro
del mismo baúl. Y que, haviendo robado todo ello y lo demás que contenía (107v)
aquél, bajaban dos de los soldados por la escalera para fuera de casa con parte del
robo. Que entonces, dejando en la havitación a los que aún quedaban robando,
siguió el testigo a los que bajaban por la escalera y, quando apenas llegó al zaguán,
vio al indicado don Angel Llanos, que iba siguiendo al General ynglés para acia la
propia casa; le gritó que por Dios digese al General que los soldados havían robado
y que todavía estaban robando de quanto hallaban, especialmente en baúl del
testigo o la plata labrada, dinero y demás efectos que contenía. Que don Angel
Llanos dio todo a entender al General ynglés, quien en su consecuencia entró en
dicha casa y, subiendo la escalera para el primer piso, encontró en ella a los dos
soldados, que todavía no avían bajado, con parte del robo y que, haviéndoselo
demostrado el testigo, desembaynó el General el sable que llebaba y empezó a
sacudir a los soldados de plano sobre las mochilas y que, a pesar de que el
deponente insistió en sus reclamaciones al General de que aquellos dos soldados
llebaban parte de la plata y dinero contenidos en el expresado baúl, no les quitó el
General, sino que, volviendo la cara al deponente y a Llanos, les dijo así: “Si los
franceses les huvieran llebado a Vms., todos, hubieran tenido que tener paciencia”.
Y que luego subió el General a la havitación donde se (108) halló con el resto de los
soldados y que, aunque el deponente y el citado Llanos le ynformaron de que
aquéllos tenían consigo porción del robo y ver el mismo General todo desbaratado y
por el suelo, sólo se contentó también con sacudirles con el sable de plano y
hecharlos fuera de casa sin quitarles lo robado, que lo llebaron consigo; haviendo
perdido el deponente los dos cucharones de plata, los quarenta y dos de los
cincuenta y seis pares de los cubiertos de lo mismo, todo el dinero y otros efectos
de valor que contenía el baúl, y el referido Llanos igualmente dinero, alhajas y otras
cosas; deviendo el testigo el rescate de los catorce pares de cubiertos con que
quedó al descuido de uno de los soldados que ya los tenía y se los dejó caer,
medianamente borracho, y a su propia diligencia en recogerlos.
Que, como los soldados havían sido hechados por el General, fuese por esto
o porque pudo acordarse el de los catorce pares de cubiertos de su falta, bolvieron
después aún más encarnizados por antes y empezaron de nuevo a amenazar a
todos con la muerte, por lo que cada qual procuró salvarse en el rincón que pudo; y
dicho Llanos, según después le ynformó al testigo, (108v) se fue en busca de una
guardia, porque luego bolvió con un sargento y cinco soldados, cuya casualidad
livertó sin la menor duda la vida al testigo y a los demás de la familia de Llanos,
porque hecharon fuera a los otros que estaban dentro de la casa.
Que la misma conducta observaron las tropas aliadas en los siguientes días,
porque no respetaban a ninguna clase de muger, hasta forzar algunas de noche,
sacándolas a la calle, causando ellas con sus alaridos y clamores la escena más
orrible.
una de las personas
muertas por los aliados fue un mozo criado de la Posada de San Juan, en la casa
inmediata a la de havitación del referido Llanos, en que estubo refugiado el testigo,
y que el compañero de aquel mozo muerto, llamado Manuel fue herido con dos
balazos.
fue herido el referido Llanos en el pie yzquierdo con bayoneta
por los yngleses en una ocasión que por ellos fue sacado de casa a fuerza a
enseñar las casas ricas, según dijo, Sabe el testigo que también fueron muertos un
chocolatero Y un beneficiado anciano, llamado Goicoechea (109), que, lleno de
alegría por la entrada de los aliados en la Ciudad, salió al balcón con un pañuelo en
la mano, gritando Viva! Viva!

68.- Miguel Vicente Olarán, 37 años, Abogado de los Reales Consejos, Tolosa, 25-10-1813.

dijo que la tropa aliada obserbó la conducta la más cruel para
con los vecinos de San Sevastián, pues que en su persona y familia (110) no vio
más que robos y golpes, tiros de fusil, de modo que por momentos la muerte a los
ojos, no atinaba dónde refugiar el exponente y su familia, y para salbar sus vidas
tubo por conveniente el salir a la calle con la mira de encontrar a alguno que otro
oficial, aunque en vano; pues, aunque se vio con dos, ninguno le escuchó, y tan

solamente un sargento portugués, viendo el apuro en que se hallaba, esociado de
cinco de su misma nación, tubo la vendad de venirse con el testigo y, a su
persuasión, livertar al exponente y su familia del riesgo en que la tenían los
yngleses, particularmente al anciano padre político de sesenta años.

A la segunda, dijo que al arrimo de dicho sargento portugués y demás
soldados a quienes dio de comer y vever a toda su satisfación, se mantubo el
exponente, a una con su familia, en su casa hasta las siete de la noche, ora en que
fue asaltada por siete yngleses y sufrido de nuebo en su persona y familia otros
atropellamientos, y, aunque recrogió (por “recurrió”) al sargento portugués,
suplicándole todo auxilio en este lance tan crítico en que por segunda vez
esperimentaba el deponente en su persona y familia los (110v) insultos que la
primera vez, no fue obedecido aquél y, en su vista, dejando a la familia en manos
de aquellos hombres, sordos enteramente a la voz de la naturaleza, tubo el
exponente que salir a la calle, donde fue detenido por dos yngleses, golpeado,
robado y tirado en tierra sin que supiese dónde se hallaba, fuera de sí y asustado.
A la tercera, dijo que, como lleba indicado en el capítulo precedente, y sin
resolverse a subir a su casa, vio el deponente a un oficial ynglés dar fuego a la casa
de la viuda de Sort, que sería entrada la noche, con mixtos, y, aunque varias
personas que a la sazón presenciaron le reprendieron a dicho oficial, sin hacer caso
continuó en ello.
n su comprovación puede
asegurar, por haber oído a don Cipriano Laetrusan. (?), vecino y del comercio de la
misma Ciudad, que, haviendo él mismo instado con toda eficacia con los yngleses
hasta en dos ocasiones para que no pegasen fuego a la casa de Betbeder, que
existía en la espresada calle, a la acera opuesta de la única que ha quedado
salbada, no lo pudo conseguir, sino que debió ver abrasar sin más remedio un
edificio tan sumptuoso qual hera.

69.- José Antonio Aizpurua, 43 años, Tolosa, 25-10-1813.

que fue de su asalto, en su noche y día siguientes, hasta incluso el tres de
Septiembre, en que salió el testigo, fue la más cruel y tal en conceptos del
deponente habrá pocos egemplares en los Anales de la Ystoria.
dijo que el testigo se refugió por más seguridad, durante el
sitio, de la casa de su havitación, propia de don Miguel Juan de Barcaiztegui, que se
hallaba frente de la Brecha, porque caían en aquélla (112) muchas balas y
granadas, a otra en que vivía don Juan Antonio Alberdi, su hermano político, en la
calle de la Pescadería, propia de don N. de Ezeiza, en cuya casa se reunieron
también dos criadas de servicio de doña María Angela de Carrese por igual motibo;
y que, estando así reunidos, ocurrió el asalto de la Plaza el treinta y uno de Agosto,
en cuyo día llegaron, poco antes del anochecer, a la enunciada casa diferentes
partidas de los yngleses y empezaron a robar quanto aliaban de forma que lo que
dejaban los unos llebaban los otros, lo que éstos dejaban llebaban otros que
también entraban, de suerte que en esta conformidad despojaron la casa
enteramente.
Que una de las partidas que así entraron emprendió a querer forzar a las
dos sirvientes de la doña María Angela de Carrese, cuyos nombres no tiene
presente el testigo; en vista de cuyo subceso no halló otro arbitrio el deponente
para salbar su vida que el de meterse en un rincón, el más oscuro de casa, porque
todo era amenazar a todos con la muerte.
Que por haberse resistido la más joven de dichas dos criadas fue muerta de
dos balazos: el uno de los quales le atravesó el cuerpo por debajo de la tetilla
derecha y el segundo el brazo derecho; pero que, por no hallarse la segunda
(112v) y la mayor en edad, seguramente con bastantes fuerzas para oponerse a las
violencias de los yngleses, y espantadas con los dos tiros que dieron a su
compañera y de los clamores de ésta y alaridos de la muerte, forzaron dichos
soldados a la citada segunda criada, obserbándolo el testigo desde el rincón en que
se metió por salbar su vida, vien claramente.
dijo que enteramente asustado el testigo de los
acontecimientos que lleba referidos en contestación a la pregunta antecedente y
porque también fue maltratado en su persona a, golpes y culatazon y herido
además en el brazo derecho de un bayonetazo, sólo cuidó de no presentarse más
delante de los yngleses ni asomarse a ninguna ventana de la casa, a la que
disparaban también frecuentes tiros, por lo que nada puede decir acerca del
contenido de la pregunta.

70.- Manuel Renart, 36 años, Tolosa, 25-10-1813.

las tropas
aliadas obserbaron con los vecinos de San Sevastián el día treinta y uno de Agosto,
que fue el del asalto, en su (113v) noche y los siguientes días hasta el tres de
Septiembre,en que salió el testigo, fue la de unos enemigos, cruel e inaudita
lleno el
testigo de alegría, igualmente como otros vecinos salieron a los balcones a
recibirlos con aclamaciones de vivas, que inesperadamente se vieron sorprendidos
y tratados por los aliados como enemigos, porque a las aclamaciones del
recibimiento correspondieron con descargas de fusilería de suerte que el testigo
hubo de retirarse por no ser víctima como lo fue en aquel instante mismo don
Domingo Goicoechea, presbítero beneficiado de la Parroquia de Santa María de
dicha Ciudad, anciano que, por haver salido al balcón de su casa a tener el gusto de
ver dentro de la Plaza a los aliados victoriosos y a saludarlos con vivas, con pañuelo
en la mano, fue muerto en el mismo baldón.
empezaron a saquearla e hiban siguiendo al paso que ganaban terreno, en
cuya conformidad llegaron también a la casa en que se hallaba refugiado el testigo

con su familia, en la extremidad superior de la calle Mayor, por haberle derribado la
suya de havitación, a balazos, desde las baterías del arenal.
Que los primeros que llegaron a la casa en que estaba refugiado el testigo y
biolentaron la puerta de su entrada a tiros de fusil y culatazos fueron yngleses,
quienes, después que hallanaron el paso, subieron a las havitaciones y saquearon
todo quanto quisieron a discreción, dando al testigo, a su muger, que tenía un
tierno niño al pecho, y a otros quatro hijos, de los que el mayor podrá tener once
años, no cumplidos, el trato más inumano y atroz, que al deponente le dieron un
bayonetazo en el muslo yzquierdo, a su muger de golpes hasta estropearla
enteramente y quererla forzar a presencia del testigo, quitándosela el niño que
tenía en pecho, y sacudiendo también a los demás hijos, porque lloraban de la
uerte de sus padres, el deponente y su muger. Que, no contentos con todo ello,
hicieron arrodillarse al testigo, después que le quitaron todo el dinero, levita, relox,
chaleco, camisa y sapatos, dejándole sólo con medias y calzones, hasta seis veces,
para ser pasado por las armas; pero que quiso Dios que huviese permanecido entre
ellos uno, que llebaba el uniforme del Regimiento de la muerte, quien les protegía
bastante, de suerte que, estando arrodillado (114v) el testigo, ya por última vez,
para ser pasado por las armas, con dos yngleses al frente que le apuntaban con sus
fusiles, al tiempo de dispararlos hizo que perdiesen la puntería, levantándoselos con
las manos, y así fue que salbó el testigo, pasando las balas por más alto, las que
entraron en la pared maestra de la sala de la dicha casa.
Que en esto se descubrió más a favor del testigo el del Regimiento de la
muerte y, haviendo conseguido el desocupo de los yngleses, se le dio a conocer y le
manifestó que era un boltesun de los franceses, que hacia dos años que por
bastante tiempo estubieron de guarnición en San Sevastián, a quien el testigo, en
ocasiones de haver subido al castillo con el Comandante francés de su Regimiento,
le halló que le estaban dando de palos, atado a un cañón y le indultó por su
mediación y súplicas al comandante de los que aún le restaban que tomar.
Que de oídas públicas sabe el testigo que también fueron muertos a la
manera que el anciano beneficiado Goicoechea un chocolatero, llamado Martín, el
herrador de la Posada de San Juan y una muger, llamada Carmen, la de Bermeo; y
que fueron heridos el cebadero de dicha Posada de San Juan y otras personas, que
no recuerda.
dijo que haviendo salido el testigo de su casa o de la en que
estaba refugiado, a cosa de las nuebe dadas de la mañana del jueves dos de
Septiembre, con la idea de obserbar lo que pasaba por la Ciudad y qué progresos
hacía el fuego, vio que entraron en el almacén de tabacos de la casa de Garnier, en
la calle Mayor, un sargento o cabo ynglés con un paquete debajo del brazo,
embuelto en una arpillera, y dos soldados, también yngleses, con sus fusiles; y
que, haviéndose detenido el testigo a obserbar lo que podían hacer dichos
yngleses, vio igualmente que el sargento o cabo puso el paquete que llebaba junto
a un molino de hacer tabaco polvo, que existía en el referido almacén, dejando la
arpillera un poco más desviada, y que, reuniendo uno de los soldados unos pedazos
de toneles, haciendo diligencia de ellos por el almacén, cubrió con los mismos el
paquete, y que, haviendo salido fuera este soldado (115v) y el sargento o cabo, el
otro soldado que quedaba en el almacén disparó el tiro de un fusil al paquete y
montón de astillas, y luego empezó a arder todo el almacén, saliendo un humo
negro y espeso, de cuyas resultas se quemó toda la casa y bolvió el testigo a la
suya confundido de ver un subceso de seme-jante naturaleza,
dijo que el testigo salió de San Sevastián en la tarde del día tres
de Septiembre y vio que hasta aquel tiempo seguían el desorden, el robo y todo
género de violencias a las mugeres, hasta perseguirlas por las calles, ya yngleses,
ya portugueses.

71.- Donato Segurola, 30 años, Tolosa 25-10-1813.

dijo que las tropas aliadas, a la, entrada por asalto en dicha
Ciudad y su noche, obserbaron la conducta de unos enemigos con los vecinos de la
misma Ciudad, pues que la puerta de la casa del testigo fue derribada a fusilazos y
de consiguiente incendiada; pero que, mientras los soldados se hallaban ocupados
en el pillage de (116v) su havitación, pudieron apagarla y, quando cesaron,
bolvieron a incendiarla, amenazándole con muerte al tiempo que lo huvieran hecho
a menos que no se huviere escondido en el tejado de la inmediata casa.
en qué se notó el primer incendio en la Ciudad,
ayudaron con todos los posibles a los havitantes en apagarlo.

72.- Eugenio García, 65 años, Tolosa 25-10-1813.

que la conducta de
ellas en aquel día en su noche y’ los tres días consecutibos, en cuyo último salió el
deponente de la Ciudad, fue la de unos enemigos.
dijo que, quando las tropas aliadas (118) llegaron a la Plaza
nueba de la expresada Ciudad, en la que vivía el testigo, empezaron a tirar a las
ventanas y valcones y aun a los de la casa del testigo tiraron también , dos balazos,
rompiendo cristales y atravesando las ventanas y taviques de las alcobas interiores.
Que en el mismo momento oyó unos clamores de gentes de la propia Ciudad
y se enteró luego después de que los aliados mataron al presvítero don Domingo de
Goicoechea, beneficiado de Parroquia Santa María de la referida Ciudad, anciano
respetable, que, llebado de la pasión de alegría de haver triunfado los aliados y
apoderándose de la Plaza, salió al balcón de su casa, exclamando vivas y haciendo
la bien benida a los vencedores.
Que oió durante su permanencia en la indicada Ciudad, y aun después que la
dejó, que havían sido muertas y heridas otras muchas personas, como un
chocolatero, el herrador de la Posada San Juan, también muertos; y el cebadero
herido de dos balazos, el llamado Pedro el sastre, herido pravemente, de cuyas
resultas murió, Juan el andaluz, que tubo la misma suerte, la muger de un
practicante de cirugía, llamado Manuel, también muerta, y aún ha oído (118v) decir
que llegó a tanto el desorden que, haviendo tendido sobre su cadáver a una hija de
la misma, la quisieron forzar, y que, si no lo consiguieron fue, porque el marido de
la muerta y padre de la que querían sacrificarla, acudió a la yglesia de San Vicente,
destinada por entonces a Hospital de los prisioneros portugueses y yngleses, y,
haviendo hecho relación a algunos de los que havía socorrido durante su
permanencia en aquella Yglesia, salió con el mismo hombre uno de los heridos y
que, haviendo pasado inmediatamente a la casa del practicante, logró que dejasen
a su hija antes de conseguir su violación.
Que el testigo sufrió igualmente en sus intereses en el indicado día del
asalto, pues que, haviendo entrado en su casa tres yngleses, salió a recibirles,
manifestándoles el mayor afecto y ofreciéndoles que, si havía algún herido, le
llebasen a dicha su casa para socorrerlo; y que, al ir a abrazar a uno de los tres en
demostración del júbilo, le plantó el fusil al pecho y los otros dos las bayonetas por
a cada costado, pidiéndole dinero.
Que a la sazón se hallaba con unas pocas pesetas y, persuadiéndose que lo
pedirían como para hechar un trago, cogió una o dos y les dio; pero, no contentos
con ellas (119), le quitaron las restantes y además quatro reloxes, uno de ellos de
oro, que, como artífice, los tenía agenos para arreglarlos. Y, a la vista de estos
inesperados subcesos, salbó su persona escondiéndose como pudo.
Que el desorden, las violaciones a mugeres y, en fin, el saqueo continuo
ínterin la permanencia del testigo en la Ciudad y aun posteriormente según es
público y notorio.
con motibo de tener el testigo su tienda de relojería en
otra casa distinta que la de su havitación y señaladamente en la propia del señor
Sagasti, calle Narrica, tenía también en ella una cama, que la dispuso durante el
sitio por mayor seguridad a causa de que estaba situada en la inmediación del
Hospital, que hera respetado por los sitiadores, y que, haviendo pasado a ver si
podía salbar algunos efectos de la indicada tienda, no lo pudo conseguir, sí sólo el
evitar el que (119v) un soldado ynglés diese fuego a la expresada con un cartucho,
cuyo papel del extremo superior estaba prendido; pues, dándole un envión (?) lo
sacó de la casa y tiró el cartucho al media de la calle; bien que después fue
también quemada la enunciada casa.
Que el día inmediato segundo después del asalto le ocurrió otro tanto en la
casa propia de don José María de Soroa y Soroa, la que tubo después la idéntica
suerte que la del señor Sagasti, con la circunstancia de que pasando al tiempo del
segundo subceso por la inmediación de la casa del señor Soroa una patrulla
portuguesa, comandada de un oficial, le exclamó el testigo para que acudiese a
prender a los soldados que querían dar fuego a la significada casa y, aunque es
verdad que se arrimó a querer informarse quiénes eran aquéllos, no hizo más
diligencia y se fueron dichos soldados.
haviendo el testigo buelto a la Ciudad a los dos o tres
días después que salió de ella, vio que en la Plaza vieja estaban dando de azotes en
las espaldas a un soldado ynglés, atado a un armazón de palos, y que, haviendo
preguntado el motibo por qué le castigaban, se le aseguró en el concurso que
porque havía robado fuera de la Ciudad a una muger.

73.- Juan Bautista Yeregui, 47 años, Tolosa, 25-10-1813.

como vecino domiciliado en la
Ciudad de San .Sevastián en los últimos veinte y ocho años a corta diferencia,
permaneció en ella en todo el tiempo del sitio y vio que entre once y doce de la
mañana del día treinta y uno de Agosto último dieron las tropas aliadas el asalto a
aquella Plaza y que, verificado, obserbaron la conducta más dura e inaudita, más
propia de unos enemigos, siguiéndola (121) en la noche del propio día y hasta las
nuebe, poco más o menos, del inmediato, en que salió el testigo fuera de la Ciudad.
dijo que el testigo pudo escaparse de su casa a la de
havitación de don Cipriano Lahetyusan, en la calle de la Trinidad o Santo Domingo,
con motibo de haver dado fuego durante el sitio a la expresada del deponente y
que, estando con su familia en la otra, se efectuó el asalto.
Que en ésta havía un alMacén de fardería y, quando empezaron los aliados
al pillage, entraron en él los yngleses y, a fuerza de tiros de fusil, prendieron fuego
a la fardería y, queriendo apagar el deponente, le tiraron un bayonetazo que le
hubiera atravesado el cuerpo a no haverse defendido con el brazo yzquierdo, pero
no le dejó de tocar en el hombro, de cuya herida aún se resiente, como así bien de
un culatazo que le dieron sobre la sien derecha.
Que en toda aquella noche se esperimentaron violencias a mugeres, robos
sin consideración y otros excesos, que decidieron al testigo a aprovecharse de la
primera ocasión para evadirse de la Ciudad, como le efectuó la siguiente mañana,
atravesando la brecha en medio de los mayores riesgos, a pesar de que le
acompañó un oficial ynglés, a quien pudo convencerle con ruegos y súplicas las
más vehementes, dándole media (121v) onza de oro para refrescar.

74.- Xaviera Antonia Fernández, 35 años soltera, Tolosa 25-10-1813.

dijo que la
conducta que las tropas aliadas observaron con los vecinos de San Sevastián el día
treinta y uno de Agosto último, en que verificaron el asalto de la Plaza, en su noche
y la mañana siguiente, en que la testigo salió de ella, fue verdaderamente la más
inesperada y atroz, porque hubo robos, violaciones de mugeres y toda clase de
desórdenes, según los alaridos, clamores y gritos de personas de ambos sexos, que
lo daban bastantemente a entender, pues, aunque la deponente no sufrió en la
suya estorsión alguna, fue porque ofreció dinero y se valió de este ardid para
fugarse.
Que, quando la testigo salió la mañana siguiente de la Ciudad, ardían en
fuego muchas casas, persuadiéndose la deponente que los que causaron el incendio
fueron los aliados, porque no pudieron ser los franceses, que ya se retiraron al
castillo el día anterior.

75.- Juana Francisca Arsuaga, 18 urte, Tolosa, 25-10-1813.

declaró que la mañana del treinta y uno de Agosto próximo
pasado, en que las tropas aliadas verificaron el asalto de la Ciudad de San
Sevastián, salió la deponente de la casa de su padre a asuntos domésticos a la de
su hermana, María Carmen de Arsuaga, que vivía en la Plaza Vieja, y como en este
intermedio tiempo empezó el fuego y se efectuó el asalto, no se determinó a volver
a la casa de su citado padre y quedó en la de la hermana, en la que se reunieron
hasta siete mugeres, las cinco de ellas solteras, otra viuda y otra casada, sólo al
amparo de un hombre.

76.- Jose Antonio Carles, 60 años, Tolosa 25-10-1813.

por haverse hallado en la Plaza de la Ciudad de San
Sevastián al tiempo que asaltaron los aliados en la mañana del día treinta y uno de
Agosto próximo pasado, sabe que la conducta de ellos, así en aquel día, en su
noche y en los tres días siguientes en que todavía permaneció en la Plaza fue la
más cruel e inesperada, porque forzaron puertas, entraron en las casas, robaron
quanto hallaron o querían y no dejaron de cometer qualquiera otro exceso, según lo
daban a entender los gritos, lloros y alaridos de las gentes.
a quien vio él mismo,
el presvítero benerable anciano don (124) Domingo Goicoechea, beneficiado de la
Parroquial de Santa María de dicha Ciudad, y que, quando estaban firmemente
creídos de que el deporte de los aliados huviera sido humano y correspondiente a la
alianza, vio el deponente que al dicho presvítero le mataron en el balcón de su casa
a balazos y que, si el testigo quedó con vida por entonces, fue porque se retiró de
su balcón y se encerró en casa.
Que posteriormente entraron en ella yngleses y portugueses, se la
saquearon todos, le quitaron aun hasta la camisa que tenía puesta entonces y le
dejaron últimamente, entre mil amenazas de muerte y vien estropeado, sólo con un
par de pantalones, un chaleco y una chamarra, haviendo perdido en aquella ocasión
el decente caudal que havía reunido con afanes de muchos años.
y se verificó en
la noche del día del asalto se mantubo en su casa, en los rincones que pudo, hasta
el quatro de Septiembre y obserbó que se estendió bastante el fuego (125) en
diversas casas de la Ciudad y que permaneció en ella interin vio que
irremediablemente iba a arder su casa.
Que, al tiempo que salía de la Ciudad, vio que los yngleses tenían unas
pequeñas redomas y que entraban con ellas en las casas y las daban fuego.
dijo que el testigo vio dar fuego en la conformidad que deja
especificada en satisfación a la pregunta antecedente a una de las casas de don
Tadeo Monzón, ya difunto, sita en la calle de San Juan de la espresada Ciudad, que
era precisamente la inmediata a la de la havitación del testigo y que los que la
pegaron fuego eran yngleses.
dijo que por haver visto sabe que los aliados no permitían a
ninguno acercarse a las casas incendiadas con el obgeto de apagar el fuego.

77.- Juan Antonio Alverdi, 40 años, Tolosa 25-10-1813.

por haverse hallado en la Plaza de San Sevastián al
tiempo que fue asaltada la mañana del día treinta y uno de Agosto próximo pasado,
sabe positibamente que los aliados obserbaron la conducta de unos enemigos en
los vecinos de la Plaza, pues que no vio el deponente sino robos, golpes, tiros de
fusil y otras violencias de la mayor dureza como que en su casa misma mataron de
dos tiros a una muchacha de veinte y seis años por haverse querido defender para
que no la violasen o forzasen, Que el deponente fue despojado de todo quanto
tenía, luso la camisa, de forma que para cubrirse por pudor no sabe ién le hizo la
caridad de darle una sábana vieja.
Que, aterrado con lo que le ocurrió en su persona familia y viendo que en las
vecindades todo se reducía a lloros, clamores y gritos de toda clase de personas,
particularmente de la clase mugeril, hasta las niñas, no halló otro arbitrio que
escaparse a los tejados, correr de unos en otros, a egemplo de otras muchas
personas, cubierto en su sábana, y, quando quiso Dios que huviese amanecido,
arrastrándose con todos los peligros, (126v) pudo salir de la Ciudad en la propia
forma con otras quatro personas, inclusa la de su muger, a la que también la
quitaron los pañuelos de cabeza y cuello, y tubo que cubrirse con el delantal,
haviendo igualmente sufrido en su persona muchos golpes, de los que estubo
resentida por bastante tiempo.
hacia la
calle Mayor de la Ciudad ardían algunas casas y que se clamaba que las pegaron
fuego los yngleses con algunos proyectiles que hechaban a el intento en aquéllas.

78.- Miguel Antonio de Bengoechea, 47 años, uno de los Alcaldes de San Sebastián, Zarauz 20-11-1813

dijo que la conducta de las tropas aliadas fue
horrorosa para con los vecinos y havitantes de la Ciudad de San Sebastián por las
violencias y excesos escandalosos que cometieron. Que el deponente, como uno de
los Alcaldes de dicha Ciudad, se halló en la misma durante el sitio, el día del asalto
y en el inmediato, en que salió, no pudiendo sufrir los horrores. Que, por lo tanto,
vio de parte de las tropas aliadas las atrocidades imaginables, pues en el momento
que los havitantes pacíficos salieron contentos del retiro de sus casas a las
ventanas, a dar a dichas tropas el parabién de su llegada y de la victoria de la toma
de la Plaza, fue entonces guando comenzaron los soldados, tanto yngleses como
portugueses, a disparar tiros de fusilería a las mismas casas de suerte que los
vecinos y havi- (120) tantes, pasmados y llenos de espanto, volbieron a retirarse al
interior de sus piezas.

Que esto mismo esperimentó el exponente, a quien robaron las tropas
aliadas el dinero que tenía en sus cajas, efectos de gira almacenados y ropa de la
familia, llegaron a su persona. le quitaron el relox, papeles y los reales que tenía
consigo.
Que a lo expuesto añadieron las tropas aliadas otros maltratos con golpes de
sables y fusiles en la persona sin miramiento de la autoridad de Alcalde que
egercía, le amenazaron por instantes con la muerte, que siempre tubo por
consentida, le agarraron del pescuezo, y con la violencia, la más inaudita, le arran-
caron de su casa y, a pesar del tiempo lluvioso y estar anegadas de agua las zanjas
de las boca calles, le obligaron por fuerza a que les enseñase una casa rica. Que el
deponente, por no ser víctima de su furor, les prometió les enseñaría la casa donde
vibió el comisario de Guerra francés y, habiendo pasado a su calle e indicado desde
ella la casa, como para entonces estaba llena de tropas ynglesas y (129v)
portugueses, no se dieron por satisfechos, sino que al deponente precisaron a
empellones y con puntas de bayonetas y sables a subir con ellos a las habitaciones
de dicha casa y a que les indicase la pieza del despacho, así que el parage donde
custodiaba el dinero; y, a pesar de que les decía que, siendo el deponente persona
extraña de la casa y no tener relaciones con el comisario, ignoraba, no obstante no
se daban por satisfechos, instándole con muchas amenazas; y, vista su tenacidad,
les introdujo en las piezas que le pareció más adequadas de la casa, de donde a
duras penas pudo conseguir el desviarse de los soldados y, aunque quiso retirarse a
la suya, como estaba toda llena de tropas y continuaba en ella el saqueo y robo y
eran insufribles los atropellamientos, tubo a bien abandonarlo todo y refugiarse a la
casa del Ayuntamiento.
Que esta conducta fue tanto más sensible al deponente de parte de amigos
y aliados, quanta éstos mismos en el acto del asalto usaban de generosidad con los
franceses enemigos, a quienes obsequiaban y vio el deponente daban quartel a
pesar de hallarlos con las armas en las manos.
Que las tropas aliadas no se contentaron con los robos, saqueos, muertes y
maltratamientos de las casas y de los habitantes pacíficos, sino que violaron
mugeres casadas, viudas honestas, doncellas, criaturas y mugeres las más
ancianas, arrancando a las unas de la compañía de sus maridos y padres, forzando
a todas y dejando a muchas muertas después (130) de sus excesos.
Que, al tiempo que cometían las tropas aliadas los horrores que deja
sentados, no se oían mas que lamentos, lloros y alaridos de los miserables
habitantes que mortificaban, quienes, por no caer en manos de dichas tropas, se
tiraban de los balcones y ventanas de las casas, se escondían en las cloacas o
comunes y andaban por los tejados, como es público y notorio.
Que también lo es que estos excesos continuaron varios días después del
asalto, sin que se hubiese visto ninguna providencia para impedirlos ni para
contener a los soldados, que con la mayor impiedad, inhumanidad y barbarie
robaban y despojaban hasta de sus vestiduras, fuera de la Plaza, a los havitantes
que huían despavoridos de ella, lo que al parecer comprueba que estas atrocidades
las autorizaban los Gefes, siendo de notarse que los efectos robados o saqueados
dentro de San Sebastián y en las abanzadas se vendían por las tropas ynglesas y
portuguesas a la vista e inmediaciones del mismo Quartel general del Egército
sitiador, poniéndolos de manifiesto el público como en una feria,
Que el deponente deseó cumplir con su deber en nombre del Pueblo de San
Sebastián, a quien representaba como Alcalde, y en esta calidad, llevando para
mayor seguridad en su compañía a un oficial ynglés, pasó, a una con el segundo
Alcalde y un Regidor, a la brecha a cumplimentar al señor General que mandaba las
tropas del asalto, antes que S. E. hubiese entrado en la Plaza. Que, al transitar por
la puerta de tierra, el oficial ynglés que estaba de guardia en ella hizo cargo al
testigo a dónde (130v) se dirijia y, respondido que iban a prestar al señor General
la sumisión y respeto en nombre del Pueblo de San Sebastián, a quien
representaban, preguntó al deponente si era Alcalde y, contestándole que sí,
poniendo el rostro áspero, se retiró dicho oficial como dos pasos y, sin aguardar al
menor momento, arrancó su sable y se preparó con todo el ademán de traspasarle
por el cuerpo, cuya demostración impensada turbó al deponente y sólo tubo
esfuerzo para dar un grito lamentable, que llamó la atención de los que estaban
presentes y del oficial que les acompañaba e iba un poco adelante, quien volbió y
habló en su idioma con el que estaba de guardia, embainó éste su sable y dejó
seguir al deponente y demás individuos del Magistrado. Que subieron a la muralla
y, pasando sobre cadáveres y heridos, llegaron al punto de la brecha, donde fueron
recibidos por el señor General, a quien ofrecieron la sumisión del Pueblo de San
Sebastián, le felicitaron de la victoria conseguida, se prestaron al cumplimiento de
las disposiciones que S. E. tomase a su entrada en la Ciudad y se separaron
pareciendo S. E. quedar satisfecho de los sentimientos del deponente y demás
individuos del Magistrado.
fueron muchos los havitantes muertos y heridos por
las tropas aliadas, contándose entre los primeros al presvítero don Domingo de
Goycoechea, sacerdote respe-table por su ancianidad y patriotismo, doña Xaviera
Artola, viuda, doña Graciana Beidacar, doña María Carmen Echanagusia, don Carlos
Gianora, don Juan Navarro, el sastre Pedro Cipitria, don (131) José Magra, dos
maestros chocolateros, padres de familia, de los quales el uno fue traspasado con
sable o bayoneta y espiró en el suelo, a presencia de su muger y tiernas criaturas,
y que también fue muerto el otro a presencia de su esposa, siendo muchos los
havitantes que perecieron y mueren diariamente a resultas del bárbaro tratamiento
de las tropas aliadas.
el fuego fue dado a dicha
casa por las tropas aliadas, a pesar de que procuró impedirlo una vecina, gritando
que desistieran de su empeño de incendiarla.
queriéndole quitar de la mano al carpintero Santiago Echave la
acha que llevaba para cortar el incendio, que éste se resistió y tubo que escaparse
a otra casa por temor que le matasen.
que sabe que a los quatro o cinco días después de la
rendición del castillo duraban en gran parte los desórdenes y excesos de los días
anteriores, siendo notorio que una porción de azúcar y fierro fueron robados, de día
claro, de entre las ruinas de la que fue casa de Elizalde, después que hubieron los
aliados ocupado el castillo.
dijo que de quinientas noventa y tres casas que había
en la Ciudad antes de principiar el fuego de los sitiadores tan sólo se han libertado
del incendio como unas treinta y seis casas, las más de ellas situadas al pie del
monte del castillo y las restantes contra las murallas de la Plaza y ninguna en el
centro de la Ciudad.

79.- Joaquín Santiago de Larreandi, 47 años,presvítero beneficiado de las Parroquias unidas de la Ciudad de San Sebastián, 18-12-1813.

dijo que la conducta de las tropas aliadas,
portuguesas e ynglesas, quando entraron en dicha Ciudad de San sebastián fue tan
terrible y cruel contra los pacíficos vecinos y havitantes de ella que puede ser no
presente la Historia otra más horrorosa, matando a unos sin distinción de carácter
(132v) ni sexo, hiriendo a otros y saqueando y robando a todos, al paso que
trataban bien a los soldados franceses, que con las armas en la mano caían
prisioneros. Que lo sabe por heberle presenciado, pues que, deseoso de continuar
en servir y cuidar de los presos, como individuo que era de la Junta de
Beneficiencia de cárceles, permaneció en la Ciudad durante todo el sitio y hasta la
tarde inmediata de haber tomado la Plaza; y, en el momento mismo que dos
soldados franceses de la guardia de la cárcel, prisioneros, ya gozaban de la
satisfacción y seguridad de pasear y conversar con las tropas aliadas, fue muerto el
paisano José de Elizalde, Alcalde, a quien auxilió para morir en sus últimos
instantes.
Que, durante el sitio, los franceses hizieron y condugeron a dicha cárcel más
de doscientos prisioneros de oficiales, sargentos y soldados portugueses e
yngleses, a quienes alimentó en muchos días y cuidó de ellos todo el tiempo del
sitio, pero las tropas aliadas que entraron en la Plaza, olvidados e ingratos y aun
sordos a los buenos informes que les habían hecho dichos prisioneros de unos
servicios tan distinguidos en circunstancias tan críticas y premiados por las
naciones más bárbaras e inciviles, y que aún hoy están clamando y exigido de los
respectibos Goviernos una justa remuneración, ha sido saqueado y robado de todos
sus vasos y vestidos sagrados y de toda la ropa de su uso. Que esta conducta para
con el deponente se hace tanto más horrorosa y escandalosa quanto había
proporcionado estos servicios, como podrán compro (133) bar los doscientos
prisioneros portugueses e yngleses de quienes cuidó y proporcionó alimentos con
muchos días y señaladamente don Juan Gueves Pinto, capitán del Regimiento
portugués número 15, y don Santiago Ysenea, teniente del Regimiento ynglés
número 9, a quienes igualmente obsequió y socorrió durante su prisión con lo que
pudo en circunstancias tan estrechas y escasas de un sitio al fabor de algunas
provisiones que había hecho para su subsistencia, regalándoles vino, almendras y
otras cosas y dándoles chocolate y dulce, que lo hacían con frecuencia,
particularmente por beber de la buena agua que tenía el deponente, como lo
confesarán. Que para prueba real de la verdad basta esponer que antes que los
franceses subiesen al castillo a dichos oficiales y algunos prisioneros, que lo
hicieron como dos horas antes de la entrada de las tropas aliadas en la Ciudad, el
capitán portugués, en agradecimiento de los favores distinguidos que había
recivido, dejó una carta de recomen-dación para su hermano, don Antonio Gueves
de Pinto, alférez de Granaderos del Regimiento número 15, quien, lleno de gozo y
satisfacción al saber por la carta los servicios prestados a su hermano y demás
prisioneros portugueses e yngleses, puso una centinela portuguesa a la escalera de
la havitación del deponente para que no dejase entrar a ningún soldado; pero a
presencia del declarante fué forzado por los soldados yngleses y de consiguiente
sufrió los mismos horrores que si no hubiese hecho servicio alguno a los doscientos
prisioneros oficiales, (133v) sargentos y soldados portugueses e yngleses.
Que tiene por imposible referir todas las crueldades que ha visto y oído y
sólo señalará que a su presencia encaró un soldado ynglés el fusil para matar al
presbítero y teniente de la parroquia de San Vicente don José María de Vigas, y, a
ruegos y modo del declarante, desahogó y descargó su venganza disparando el fusil
al tabique o pared de la pieza en que se hallaban; y quiso violar a la muchacha de
cozina, quien pudo resistir y defenderse, llamando a otras gentes de casa.
a más de José de Elizalde, a quien auxilió
en su muerte, como lleba dicho, lo han sido igualmente don Domingo de
Goycoechea, presvitero y conbeneficiado respetable por su ancianidad y
sentimientos patrióticos, doña Xaviera Artola, Vicente de Oyanarte y otros muchos,
y don José Manuel de Mayora, también presvítero conbeneficiado, de resultas de los
golpes y maltrato que recibió ha muerto poco tiempo después.
cuya circunstancia deja conocer a todo entendimiento, por corto que sea,
que el incen-dio ha sido metódico y ordenado tanto en la quema quanto en las
casas que se quería quedasen existentes.

29.- Jose Maria de Ezeiza
30.- Juan Antonio de Zabala,
31.- José Ignacio de Sagasti,
32.- Leon Luis de Gainza Presbitero,
33.- Bartolomé de Olozaga,
34.- Fermin Artola,
35.- Tomas de Brevilla,
36.- Domingo Hilario de Ibaceta,
37.- Jose Antonio de Eleicegui
38.- Nicolas de Sarasoi
39.- Vicente Ibarguren,
40.- Santiago Zatarain,
41.- Vicente Lecuona,
42.- Jose Vicente Echegaray,
43.- Jose Ignacio Ausan,
44.- Jose Joaquin de Zupiria,
45.- Estevan Recalde,
46.- Manuel Biquendi,
47.- Joaquin Arritegui
48.- Jose María Bigas Presbitero
49.- Miguel Agirre
50.- Antonio María de Iraola
51.- Joaquín Vázquez
52.- José de Echeverría
53.- Antonio de Alberdi
54.- Agustín de Ramón
55.- Juan Bautista Goñi
56.- José Antonio de Zabala
57.- Jose Mateo Abalia, 42 años
58.- Ignacio Gorostidi
59.- Domingo Conde
60.- Vicente Conde
61.- Mariano Joaquín de Carril
62.- Eusebio Garbuno
63.- Juan Antonio Azpiazu
64.- Bernardo Armendariz
65.- José Bernardo de Echagüe
66.- Angel Llanos
67.- José Joaquin Mendia
68.- Miguel Vicente Olarán
69.- José Antonio Aizpurua
70.- Manuel Renart
71.- Donato Segurola
72.- Eugenio García
73.- Juan Bautista Yeregui
74.- Xaviera Antonia Fernández, 35 años soltera
75.- Juana Francisca Arsuaga, 18 urte
76.- Jose Antonio Carles
77.- Juan Antonio Alverdi
78.- Miguel Antonio de Bengoechea
79.- Joaquín Santiago de Larreandi, presvítero

Beste 6 emakume bortxatuak

Pasages:
Evaristo Imaz, alcalde Pasages
Juan Arrieta, secretario

Rentería:
Juan Francisco Arteaga, alcalde Rentería
Joaquin Gregorio Goikoa, comisionado
Martín de Zaratain, alcalde constitucional
Lizenciado Eguiluz
Antonio Arruabarrena
Vicente de Azpiazu Iturbe
Manuel Joaquín de Furundarena
Joaquin Gregorio de Goicoa, encargado ciudad SS

Tolosa:
Vicente de Azpiazu Iturbe, juez de primera instancia
Antonio Arruabarrena procurador síndico ayuntamiento SS
Licenciado Eguiluz
Manuel Joaquín Furundarena
Manuel Bernardo de Larrondobuno, alcalde de Tolosa
Ramón Antonio Goivideta, secretario

Zarauz y Orio:
Ygnacio de Amilibia, alcalde de Zarauz
Jose Joaquín de Alzuru, secretario13.- Juan Angel de Errazquin,
natural de Azpeitia
entraron en las casas acompañados de Franceses, acometiendo a las personas con armas desembaynadas, y queriendolas matar sino daban todo
el dinero que pedian

Zubietako aktak 1813-9-8:
Miguel Antonio de Bengoechea, alcalde y juez ordinario
Manuel Gogorza, alcalde y juez ordinario
José Santiago de Claessens, regidor
José Maria de Eceiza, regidor
Joaquin Bernardo de Armendariz, Regidor y Síndico del Ayuntamiento
Joaquin Antonio de Aramburu, Prior del Ilustre Cabildo Eclesiástico;
Joaquin Santiago de Larreandi, prebítero
Joaquin Pio de Armendariz, Presbítero Beneficiados ;
Joaquin Luis de Bermingham,
Bartolome de Olózaga, Prior y Cónsul del Ilustre Consulado ;
José Maria de Soroa y Soroa,
Evaristo de Echagüe,
José Elias de Legarda,
José Ignacio de Sagasti,
Sebastian Ignacio de Alzate,
Francisco Antonio de Barandiaran,
Rafael de Bengoechea,
Manuel de Riera
Domingo de Galardi, todos vecinos de dicha Ciudad,
Joaquín de Arizmendi Secretario de Ayuntamiento de la misma

Zubietako aktak 1813-9-9:
Miguel Antonio de Bengoechea
Manuel de Gogorza, Alcaldes y Jueces ordinarios,
José Santiago de Claessens, regidor
José Maria de Eceiza, regidor
Joaquin Bernardo de Armendariz, regidor
Joaquin Antonio de Aramburu, Prior del Ilustre
Cabildo Eclesiástico
Joaquin Santiago de Larreandi prebítero
Joaquin Pio de Armendariz, Presbítero Beneficiados,
Joaquin Luis de Bermingham,
Bartolomé de Olózaga, Prior y Consul del Ilustre
consulado ;
José Maria de Soroa y Soroa,
Evaristo de Echagüe,
Sebastian Ignacio de Alzate,
José Ignacio de Sagasti,
Francisco Antonio de Barandiarán,
Rafael de Bengoechea,
Manuel de Riera
Domingo Galardi, vecinos de la Ciudad de San Sebas-
tian,
José Elías de Legarda, escribano

2. Manifestuaren sinatzaileak 1814-1-16:

Pedro Oregorio dE Iturbe, alcalde,
Pedro José de Beldarrain, regidor
Miguel de Gascue, regidor
Manuel Joaquín de Alcain, regidor
José Luis de Bidaiurreta, regidor
José Diego de Eleizegui, regidor
Domingo de Olasagasti, regidor
José Joaquín de Almorza;regidor
José María de Echenique, regidores.-
Antonio de Arruabarrena, procurador síndico.
Juan Asencio de Chonoco, procuradores síndicos.-
Pedro Ignacio de Olañeta, tesorero.-
José Joaquín de Arizmendi, secretario del Ayuntamiento constitucional,
Vicente Andres de Oyanarte, Vicario,
Joaquin Antonio de Aramburu, prior del Cabildo eclesiástico,
Dr. José Benito de Camino, presbítero beneficiado
José de Landeribar, presbítero beneficiado
Miguel de Espilla; presbítero beneficiado
Antonio María de Iturralde, presbítero beneficiado
Tomás de Garagorri, presbítero beneficiado
José Domingo de Alcayn, presbíteros beneficiados.-
Manuel Francisco de Soraiz, secretario, Por el M. I. prior y Cabildo eclesiástico de las iglesias parroquiales de dicha ciudad de San Sebastián.
Joaquín Luis de Bermingham, prior,
Bartolomé de Olózaga, cónsul
José Antonio de Elizegui, cónsul.
José María de Eceiza, sindico.-
Juan Domingo de Galardi, secretario, por el mismo ilustre consulado.
José Maria de Bigas, presbítero
Juan José de Burga, presbítero
José Ramón Echenique, presbítero
Benito de Mecoleta, presbítero
Ramón de Chonoco, presbítero
José de Sarasola, presbítero.

Juan Bautista Zozaya,
Ramón Labroche José Ignacio Sagasti,
José Santiago Claesens,
Dr. Ibaet,
Manuel Brunet,
Manuel Sagasti,
José María Garaioa,
José María Estibaus,
Elías Legarda,
José Antonio Irizar,
Esteban Recalde,
Manuel Barasiarte,
Cayetano Sasoeta,
José Francisco Echanique,
Bautista Elola,
Antonio Aguirre,
Manuel Urrozola,
Bautista Carrera,
Antonio Zubeldia,
Ignacio Inciarte,
Joaquín Jáuregui,
Andrés Indart,
Angel Irraramendi,
José Antnio Azpiazu,
José Manuel Otálara,
Martín José Echave,
Joaquín Vicuña,
Bautista Muñoa,
Joaquín Mendiri,
Miguel Arregui,
Manuel Lardizabal,
Gil Alcain,
piego Cortadi,
Antonio Lozano,
Sebastián Ignacio Alzate.
Antonio Goñi,
J. Antonio Zinza,
Miguel Borne,
José Echeandía,
José Manuel Echeverría,
José María Olañeta,
Juan José Camino,
Miguel Gamboa,
Luis Arrillaga,
Joaquín Galán,
Agustín Cilveti,
Gerónimo Carrera,
Juan José Añorga,
Francisco Olasagasti,
José Martirena,
Tomás Arsuaga,
Juan Antonio Zavala,
José Francisco Oteagui,
Gervasio Arregui,
Joaquín Lardizabal,
José Urrutia,
Pedro fuentes,
Cornelio Miramon,
Bernardo Galán,
Cristobal Lecumberri,
Sebastián Olasagasti,
José Meudizabal,
Manuel Caragarza,
José Ibarguren,
Agustin Anabitarte,
Vicente Ibarburu,
Antonio Esnaola,
Pedro Albeniz,
Vicente Echegaray,
Nicolás Tastet,
José Camino,
Sebastián Iradi,
José Alzate,
Salvador Cortaverría,
José Ignacio Bidaurre,
Pedro Martin,
Manuel Riera.
Mariano Ubillos,
Joaquín María Jun-Ibarbia,
José Antonio Parraga,
Francisco Barandiaran,
Juan Bautista Goñi,
José Manuel Collado,
Pedro Arizmendi,
José Arizmendi,
José Olorreaga,
Domingo Conde,
José Antonio Fernández,
Juan Campion,
Juan José de Aramburu,
Juan Martín Olaiz,
Miguel Miner,
José Echeverría,
Miguel María Aranalde,
Manuel Gogorza,
Jerónimo ZidaJzeta,
Juan Antonia Díaz,
Joaquín Vicente Echagüe,
José Cayetano Collado,
Francisco Borja Larreandi,
Francisco Xavier Larreandi,
Rafael Ben goechéa,
Miguel Antonio Bengoechea,
Miguel Juan Barcáiztegui.
José Antonio CarIes,
José María de Leizaur,
Máximo Gainza,
Domingo Echeave;
Juan Bautista Iregui,
Francisco Campion,
Miguel Vicente Aloran,
Vicente María Diago,
Francisco Ignacio UbilLos,
Pedro Ignacio de Lasa,
Vicente María Irulegui,
Vicente Legarda,
Tomás Vicente Brevilla,
Donato Segurola,
Bernardo Antonio Morlans,
Angel Llanos,
Miguel José Zunzarren,
José Joaquin Mendia,
Eugenio Garcia,
Juan Antonio Alberdi,
Romualdo Zornoz,
Miguel Urtesabel,
Antonio Zornoz,
Juan Nicolás Galarmendi,
José Vicente Aguirre Miramon,
Fermin francisco Garaycoechea,
Joaquín Jun-Ibarbia,
José Mateo Abalia,
Manuel Eraña,
Martin Antonio Arizmendi,
José Marcial Echavarría,
José Lasa,
Vícente Alberto Olascuaga,
Vicente Conde,
Eusebio Arreche,
José Antonio Eizmendi
José Miguel Bidaurreta,
José Joaquín Iradi

Beste dokumentua 1814:

Pedro Gregorio Iturbe.
Miguel de Gascue.
Manuel Joaquín de Alcain.
Jose Luis de Vidaurreta.
José Diego de Elcicegui.
Domingo de Olasagasti.
Antonio Arruabarrena.
José María de Echanique.
Pedro José de Baldarrain cuya firmas faltan en el original
José Joaquín de Almorza, cuya firmas faltan en el original).
José Joaquín de Arizmendi, secretario del Ayuntamiento Constitucional.

Pedro Gregorio de Iturbe.
Pedro José de Beldarrain.
Miguel de Gascue.
Manuel Joaquín de Alcain.
José Luis de Bidaurreta.
José Diego de Eleizegui.
Domingo de Olasagasti.
Antonio de Arruabarrena.
José Joaquín de Arizmendi, secretario del Ayuntamiento Constitucional

Jose Ignacio Sagasti.

Joaquín Luis de Berminghan

(1813 crónicas donostiarras. Jose Antonio Azpiazu. Ttarttalo 2013)

74. lekukoa:  Xaviera Antonia Fernandez, 35 urte, Tolosa 1813-10-25.
75. lekukoa: Juana Francisca Arsuaga, 18 urte, Tolosa, 1813-10-25.
Josefa Vicenta Etxeberria (Pepa 23 urte)
Josefa Ignacia Urbistondo
Juana Bordenabe
Teresa Ramona Goikoetxea
Maria Carmen Karrese
Vicenta Andresa / Jose Esmeretz
Josefa Vicenta Ruiz Egino, alarguntsa, Domingo Zubikoeta
Catalina Izagirre
Lorenza Pikabea
Nikolasa Antonia Elizaga
Maria Manuela Goikoetxea
Antonia Ugalde
Maria Josefa Iturrieta
Manuela Ignazia Iturrieta
Xabiera Loidi
Vicenta Korta, alarguntsa, Juan Chaparro
Francisca Oronoz
Maria Esteban Lekuona
Josefa Joaquina Aizpurua
Maria Miguel Aristizabal
Juana Antonia Garnier y Remon
Josefa Joaquina Aizpurua
Maria Jesus Caminaur
Magdalena Arizmendi / Martin Jose Mugiro
Teresa Antonia Arizmendi
Josefa Xabiera Leizaola
Maria Manuela Casas Arrilaga
Josefa Boye
Josefa Antonia Eleizegi /Antonio Sorozabal
Isabel Ermina
Juana Ermina
Maria Dolores Mendizabal /Antonio Fernando
Josefa Cayetana Parada, alarguna, Manuel Collado
Maria Teresa Azkue
Ana Josefa Etxenike / Jose Vicente
Rosa Cardaveraz
Maria Teresa Remon Zubilaga
Maria Jesus Remon Zubilaga
Josefa Ignazia
Juana Maria Gomez
Magdalena Arizmendi / Martin Jose Mugiro
Josefa Boye / Joaquin
Francisca Galain
(1813 crónicas donostiarras. Jose Antonio Azpiazu. Ttarttalo 2013)

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27 erantzun Donostiarrak 1813 biktimen izenak -ri

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